Cuentos

Escalcol1

Piel de Sombra

Omaira Arbelaez

La sombra continuaba allí, meciéndose en la pared, reclinándose junto a la ventana, inclinándose sobre el closet, amenazando mi cama. Su presencia abría mis ojos con el terror nocturno del frío. Temía que cayera de repente sobre las sábanas con su eco de campanas de muerte.

Siempre me horrorizaron sus ondas de colores derramados, su lúgubre sonido de viento. Su movimiento libre sobre el centro de la alcoba. Dueño y señor de mi propio reino, era un cristal inocuo a los ojos de todos. Terror de mis recuerdos, incitaba caricias tiernas de visitantes desprevenidos, que me helaban de miedo cuando luego esos mismos dedos amenazaban con rozarme un tris del cabello bajo cálidas sonrisas.

No podía tocarlo. Ni siquiera gritar que lo arrancaran de tajo de mi presencia. Sus colores, su tierno sonido, sus brocados de Navidad, ese encanto móvil de su juego pendiendo del techo ponían en peligro mi existencia. Todos eran inocentes de aquel hechizo. Sólo mi voz podría denunciarlo y de ella jamás escapaba un breve balbuceo.

Las palabras se borraron de mi voz. Un gemido incoherente se me escapaba cuando bajo su sombra pasaban la trabajadora social, la enfermera, el médico, las misioneras, la hermana Camila, los otros niños del orfanato. Ellos al menos no dejaban escapar esa mirada de lástima junto a mi silla de ruedas. Se tropezaban conmigo, me tiraban de aquí para allá, se escondían entre mis ruedas, contaban sus secretos sin tener en cuenta mi existencia. A veces, jugaban con mis manos, me sacaban a pasear por los patios, intentaban cosquillear mis pies y gozaban de vez en cuando colocándome insectos en las piernas, mientras me retorcía bajo sus risas sin poder escapar a la inmundicia.

La hermana Camila me protegió con su vejez. Me leía cuentos de enanos y de brujas. Pretendió halagarme con sus historias de infancia. Incluso, olvidó algunas veces que entonces sólo tenía 10 años y desahogó sus frustrados amores de antaño con algunos detalles, que terminaban con el mismo desencanto de los cuentos, aunque sus venenos eran más poderosos. Le marcaron la vida con un manto.

Entonces no comprendía que los dulces que ella me traía a escondidas de la cocinera me hacían vomitar, recordando esas multicolores imágenes infantiles de pócimas secretas, muertes, bosques y castillos. Comprendí que no sólo Blanca Nieves tenía a quién temer, yo también sabía ahora que no todos los besos tenían el encanto mágico de hacer vivir y que hay maleficios secretos que no dejan despertar.

Mi muñeca rubia conocía la historia, se la revelé en silencio, mirándola a los ojos la misma noche en que la conocí y nos quedamos solas, en la cama, y muy juntas en esta misma habitación. Ella entiende el frío intenso que me invade en la oscuridad y tiembla también cuando la luna llena se apodera del jardín y posa su luz contra el marco de mi ventana como si tratara de aplastar el fantasma sobre nuestros cuerpos inermes, impotentes, silenciados para siempre por esas garras deformes que nos quieren alcanzar mientras mis ojos imploran al Universo que regrese pronto el alba para poder escapar.

… Mis sombras estaban junto al mar, a la cabaña, muy cerca de la hamaca donde cayó su cuerpo sin cabeza. Papá era vigoroso, pero rodó con sus ojos abiertos. Su sangre se derramó con paciencia junto a los tarros de la cocina, donde me escondía. En la alcoba mi mamá gritaba y gritaba, mientras le desgarraban la ropa reclamándole una confesión. Ella no sabía qué se había hecho Pedro José. Sólo le dio la bendición cuando dijo que se marcharía para siempre con el hermano de don Joaquín. Nunca supo que Eugenia se quedó con la barriga crecida, porque ni siquiera de ella se quiso despedir. Mi papá lo maldijo por incrédulo, por dejarle los cultivos sin fumigar y por arrancar lágrimas diarias de desconsuelo a mi mamá. Como mujer no le servía, si mucho le traería más problemas, nietos que no quería y sólo un hombre, el hijo mayor, le podía servir de heredero.

Javier apenas sí servía para lavar las porquerizas, darle alimento a los chivos y volarse a pescar con los chicos de la escuela. Hacerlo entrar en razón era un problema de todos los días, que mi mamá encomendaba a San Francisco sin mayores resultados, y que mi papá recordaba con rabia en cada desayuno y en su última plegaria antes de irse a dormir.

Javier era listo y corrió cuando sintió los perros gruñir. Mi papá se levantó con la rula brillando entre las sombras y se apostó en la puerta que cayó como una hoja de papel a sus pies. Javier logró encaramarse en el zarzo del maíz. Mi madre alcanzó a tirarme de la cama con Trotsky y a decirme que me escondiera en la cocina, donde solía hacerlo cuando hacía algún daño. Las linternas desnudaron toda la casa, pero las sombras de los tarros protegieron mi cuerpo acurrucado bajo el poyo de la cocina. El piso estaba helado y mis ojos también.

Papá le gritó con orgullo al hombre musculoso, alto y fuerte que le puso la puerta a sus pies. Sus ojos negros lo miraron con indiferencia. El respondió con los mismos gritos de enojo con que atendía a las peleas con Pedro José, pero luego dejó caer el machete. Un arma oscura dio la señal y el rancho se llenó de ponchos, sombreros y botas. Las puertas del escaparate se quebraron a golpes, mi mamá imploraba arrodillada en el catre que nos dejaran en paz. Unos tiros callaron a los perros, sólo quedó Trotsky con sus dos meses de vida, merodeando atontado por los rincones. Nadie le puso atención.

La madera del rancho crujía con la ronda de los hombres afuera y dentro de la casa. Las órdenes de los intrusos y los gritos de mamá no me dejaron entender nada. Un hombre la arrastró del cabello hasta los pies de mi padre. Ella aseguró, tirada en el piso, que el muchacho no había vuelto desde hacía tres años. Mi padre se indignó y aprovechó el alboroto para recoger el machete. Un fusil pequeño y cuadrado lo atajó en el intento. Mi madre descubrió mis ojos entre los tarros y alcanzó a darme una seña para que me ocultara más entre las sombras. El hombre musculoso la pateó en el vientre y recogió la rula.

El temblor de mi cuerpo se escondió sigiloso entre los tarros grandes de panela, arroz y café, más un bulto de papas y una vieja caneca de leche, que almacenaba melaza. Ellos me sirvieron de trinchera bajo el sudor de la poceta rota, siempre goteando por la manguera, haciendo el charco que devoraba la acequia y carcomía la madera del rancho en la cocina.

Las balas destrozaron la barriga del baúl, sentí caer el crucifijo, el cuadro de San Pacho, estrellarse el radio junto al catre, la ropa limpia regarse por el piso, las bancas de la cocina caer en el patio y la alharaca de las gallinas escabullirse en el campo. Preguntaron sobre quién dormía en la hamaca. Mi mamá lloraba, yo dormía siempre a su lado. Papá respondió que aquí no había nadie más, que ellos estaban solos. Sentí golpes, insultos, bofetadas. Me tapé los oídos, no quería saber. Mi mamá gritó como degollada. El aullido de Javier me destapó los sonidos.

Me asomé entre el bulto de papas y la caneca. El golpe de la cabeza junto a la cantina de leche me petrificó al metal. Javier no pudo soportar el crimen. Lo descubrieron los hombres con sus ojos desorbitados mirando desde el zarzo del maíz, aferrado al azadón de papá. Lo bajaron como a una pluma de un tiro en el pecho y su cuerpo adolescente y sin vida fue colgado en su propia hamaca, junto a los cocos que se mecían amarrados con cabuya en el centro de la viga.

Mamá fue arrastrada hasta el catre, quise ayudarla, salir, pero los ojos abiertos de papá me tenían paralizada. Trotsky se acercó a su rostro. Lamió su piel amoratada, quiso llenarlo de vida… Mis dedos se soltaron, la caneca se tambaleó sin delatarme, mi cuerpo se escurrió tras el costal, bajo el lodazal de la poceta y el muro de tabla con su madera podrida. Mamá seguía gritando. No quería escuchar. La sangre de papá se escurrió entre los tarros y alcanzó mis pies descalzos. Los recogí más contra mi pecho, los protegí con mi bata. Trotsky siguió el rastro y me descubrió en silencio. Ahí permanecimos. Juntos. Tras el sonido de la muerte que se fugó al amanecer, bajo las llamas de la casa.

La hermana Camila asegura que don Joaquín nos rescató con vida en medio del fango ensangrentado de la poceta y leños de madera podrida. Trotsky se quedó con ellos de por vida, agradecido con la familia que esa misma tarde salió en compañía de sus muertos y de toda la vereda buscando el mar. La procesión se detuvo en el Campo Santo del pueblo. Los siete muertos se recibieron con miedo. La gente se aglomeró en el parque bajo los tamarindos. El sacristán consiguió los féretros y el legista apareció en la calle principal, escuálido y medio ebrio, con la luna llena a sus espaldas. El mismo hombre que revisó los muertos aseguró que nada me impedía caminar. “Eso debe ser el susto”, sostenía doña Marina quien se encargó de cuidarme, junto a mi perro, mientras don Joaquín contaba a todos desde el alcalde hasta el sacerdote cómo se picaron en una noche los cuerpos de los hombres y se borraron mujeres, ranchos, arados y ganado al sonido del fuego y de las balas, mientras las gallinas y algunos perros lograron escabullirse en el campo de la vereda.

Luego de las historias, el guarapo y las oraciones, todos iban compasivos a buscarme: “ella sobrevivió, es un milagro”. No quería que ningún hombre me tocara, me retorcía, rechazaba con muecas el contacto, entonces acariciaban mi perro, mi perro, cuando no quería soltarlo, que nadie lo rozara, que nadie lo apartara de mí. Trotsky era el único ser que me amaba y acompañaba mi mundo, lo había visto todo, él sabía que era mi única familia y ahora querían tocarlo, seducirlo con comida, llevárselo de mí. Mis ojos lo llamaban y el venía a mí, a pesar de los halagos ajenos que lo hacían héroe por no huir al campo y aventurarse a sobrevivir junto a mí. Trotsky y yo amanecimos aferrados uno al otro. Abrazados de miedo. Arrullados por la brisa de los árboles, entre hamacas, rosarios y fogatas.

Al otro día despidieron entre tumbas a los muertos. La muchedumbre lloró con desafuero luego del Evangelio. El párroco dio consuelo y las mujeres, agobiadas por el sol, descansaron sobre los viejos sepulcros con historias de matanzas pasadas. Abrazos y lágrimas se confundieron con el moho de las antiguas lápidas. Mi silencio pesaba como el plomo y las vecinas se turnaron para cargarme al regreso del cementerio.

La decisión fue partir con la denuncia hacia la ciudad. El corazón de Marina se rehusó a seguir con siete hijos, tres perros y una huérfana en una marcha sin oídos y se quedó esperando a Joaquín en casa de su hermana en San Sebastián de las Piedras. Las noticias le hicieron saber a Marina, tres meses después, que era viuda de una protesta que no alcanzó a llegar a la capital.

Las dos madres se dedicaron a vender en canastos pescado y yuca frita a los ebrios del pueblo, mientras en el día Marina limpiaba, guardando su luto, en la casa del cura y el legista, y Berenice se encargaba de los otros niños y de mi insólita existencia.

Dos años después, las mujeres se cansaron de una chiquilla con piernas que no se movían, de un cuerpecito flaco e inapetente que hacía sus necesidades sin avisar, que se dejaba bañar balbuceando tímidos gemidos, que no participaba de nada, ni siquiera una insignificante palabra y que jamás sería recibida en la escuela.

Berenice insistió con sus quejas y Marina optó por llevarme a la casa cural y me encomendó al párroco, con todo y perro. El pobre sacerdote, confundido y apesadumbrado, sin tener más argumentos para demandar caridad a mujeres en tiempos de agobio y de miseria, se comprometió a buscarme un hogar y despidió a la matrona bajo una tortuosa Santa Bendición, sintiendo a sus pies la indiferencia de Trotsky que merodeaba su sotana.

Compadecido habló con el médico del pueblo y éste en vez de alentarlo le confirmó que además de paralítica, la niña era sorda. Entre plegarias y eucaristías, las misioneras fueron mi redención por tres años. Luego, ellas se encargaron de sacarme del pueblo en mula bordeando la playa, mientras Trotsky me seguía jadeando de nostalgia hasta que llegamos al río. Mientras vislumbrábamos la unión de aguas dulces y salinas, me despedí del mar como una condenada a muerte. Entre lágrimas me embarcaron en una rústica canoa con aromas de plátano y selva. La hermana Elvia y Sor María del Sagrado Corazón se empaparon los hábitos tres veces, sacando a Trotsky de la lancha. Ellas me anticiparon con señas y palabras que no podría tenerlo conmigo, pero entonces mis oídos menos escucharon. Estaban completamente sordos a más abandonos. Sólo sentía el rumor cercano de las olas y veía el espejo del río que traía insistentemente a mi perro. Los indígenas terminaron amarrando a Trotsky al palo de un tambo en la ribera. Intentó morderlos a todos, ladró con una fuerza inusitada, gruñó y chilló como los cerdos a punto de ser degollados, pero las monjas no cedieron un ápice a su dolor ni a mi llanto de muerte. Atado a la tierra que me vio nacer, ladró adolorido para siempre en mi memoria, hasta que mis manos extendidas de espera terminaron rendidas en un adiós prolongado, cuando la manigua y el río nos devoraron en la distancia.

Buscándome un puerto seguro, navegamos en silencio indígenas y misioneras, mientras la hermana Caridad del Socorro pretendía consolarme con su abrazo regordete, señalando de vez en cuando garzas, monos saltones, serpientes y mariposas. Nada logró animarme, hasta ahora.

Recuerdo que esa noche descansamos en un caserío florecido sobre zancos en la ribera y al otro día, antes del alba, continuamos navegando hasta unas oficinas de empresas madereras donde nos prestaron un jeep que nos condujo hasta el corazón de una pequeña ciudad.

Desde allí me embarcaron en una avioneta hasta el centro de la gran capital. Sin Trotsky, estar entre las nubes no fue una gran ilusión. Aunque la hermana Elvia insistía con señas y palabras que volar era tan mágico como ser cometa y tenía el placer de estar muy cerca al abrazo de Dios.

Un grupo de mujeres vestidas de negro nos recibieron con regocijo en el aeropuerto. Para mí tenían una rubia y suave muñeca de trapo, coronada con un sombrero florido y un delantal blanco. Ellas charlaban y reían, me hacían mimos, acomodaron mi cuerpo en un silla de ruedas y rodé por estancias llenas de almacenes, viajeros, amplias salas y avisos luminosos. En la calle nos esperaba una camioneta azul, un sol intenso y el paisaje de una ciudad abierta, dispuesta a recibir en medio de montañas.

Las hermanas me acomodaron en la silla de atrás con la muñeca. Un ser muerto, de trapo, pintado de sonrisa y ojos tiernos. Trotsky seguía ladrando, aullando en mi memoria su dolor en medio de una tribu indígena que ayudó a separarnos. Jamás ese remedo de niña reemplazaría mi perro y la dejé caer al piso con rabia. En el vehículo las monjas no se percataron del suceso. Ellas narraban sus cuitas sonrientes, tranquilas, sabían de mi total indiferencia a los sonidos humanos, aunque mirara fijo a los ojos de quien hablara. Contaron las anécdotas del viaje y el dolor que les produjo dejar en manos de los kunas a mi Trotsky, quienes luego se encargarían de devolverlo a la casa de la viuda de don Joaquín.

La rubia de trapo me miraba desde el piso de la camioneta con sus ojos grandotes y tiernos. Brincaba en cada curva de las calles y su cabello de seda se apoyaba en la sandalia de la hermana Camila, cuando los frenos los imponía una luz roja en los postes del camino. Acaso, también se sentía sola, era gordita pero suave, y sus pecas negras relucían en el marco de una sonrisa sin dientes.

La dejé golpearse todo el camino. Ella seguía mirándome desde el piso. Recordé los ojos de Trotsky, negros y grandes llamándome desde las riberas del Atrato. Sentí compasión por su silencio y su abandono y antes de llegar al convento me apresuré a indicarle a la vieja misionera que me acompañaba que la pequeña rubia me necesitaba. Ella sonrió muy complacida. Sus manos arrugadas la recogieron con gran dificultad y sacudieron a la diminuta chiquilla de trapo antes de acomodarla en mi regazo.

En medio de un trajín de hábitos, las mujeres me dieron refugio en un caserón inmenso entre una nube de chiquillos abandonados y rostros indígenas. Me ofrecieron con cariño el único cuarto independiente que daba al jardín, porque tenía una bañera grande que facilitaba atenderme, puesto que estaba pronta a llegar a la pubertad y entonces todo sería más complicado.

La hermana Camila se encariñó con mi silencio. Cuidó de mi cuerpo y de mi alma. No sintió náuseas de mis necesidades y rezaba padrenuestros cuando cambiaba mis pañales y trastocó la oración por un avemaría cuando al cumplir once años descubrió el preludio inoportuno del florecimiento de mi ser mujer. Me celebró los doce, los trece y los catorce años con un pastel de chocolate y tres velitas porque no había para más y me prometió que a los quince tendría retratos y rosas sólo para mí.

La hermana Camila conoció mi historia de boca en boca y la repetía en mi presencia a todas las hermanas y a todos los visitantes, año tras año, pensando que no escuchaba, que nada entendía aunque mis ojos negros jamás le desamparaban el rastro. Mis recuerdos seguramente estaban borrados, decía, porque “eso fue cuando la chica tenía cinco años y nosotras con amor le hicimos olvidar esa tragedia, si de algo todavía se acuerda”, pero aquel móvil de esferas y campanas color sangre colgado en el centro de la habitación me paralizaba.

Mi cuerpo, cada vez más flaco y más largo, seguía impotente creciendo en la cama, sometido a sus pesadillas. Mi muñeca permanecía pequeña, a salvo, pero a mí, esas garras de sombras fantasmales amenazaban con alcanzarme muy pronto. Su movimiento diurno no podía conjurarlo y sus garras en las noches de luna, llena de antiguas guerras, como la de hoy, me invaden de terror.

Estaba allí, inmóvil bajo las mantas, esperando con ancestral horror el derribo de la puerta. Temiendo que en la oscuridad mis ojos de terror denunciaran mi existencia. Sin poder impedirlo sentí los ecos terribles de los pasos. Apreté mis párpados cuanto pude. Quise estar muerta. El fantasma se había liberado y no tuvo necesidad de derribar nada, traspasó sutilmente la hoja de madera produciendo sólo un leve chirrido de bisagras. Sentí el arrastre de sus huellas hasta mi propia cama. Mi parálisis sucumbe de inmediato. Un temblor intenso galopa por todo mi cuerpo junto a mi corazón. Estaba allí, a mi lado. Había sido descubierta y me miraba, podía sentirlo, estaba en sus garras. Su frío penetró en mí… Se sentó encima de mi manta, hundió las sábanas, el colchón y acercó su rostro de muerte al mío. Sin poder impedirlo mis ojos se abrieron desmesuradamente. El más horrible grito escapó de mi alma. Unos ojillos negros y siniestros, aferrados a un rostro completamente arrugado y huesudo estaban pegados a un manto negro que sonreía complacido frente a mí. No había ninguna duda, no era una pesadilla. El Coco llegó… por mí.