Cuentos

Escalcol1

LA MARCA DE LA BESTIA

J. Rudyard Kipling

Tus dioses o mis dioses. ¿Quiénes son más fuertes? ¿Lo sabes tú? ¿Lo sé yo?

Proverbio indígena

Algunos sostienen que el control directo de la Pro­videncia cesa al este de Suez; allí se confía el hombre al poder de los dioses y demonios de Asia, y la Pro­videncia de la Iglesia de Inglaterra se limita a ejercer una supervisión ocasional, y adaptada a las circuns­tancias, sólo en el caso de los ciudadanos ingleses.

    Esta teoría explica algunos horrores innecesarios de la vida en India; y puede ser ampliada, en sus im­plicaciones, hasta que se justifique la historia que voy a contar.

     Mi amigo Strickland, de la Policía, que sabe tanto de los indígenas de India como se puede saber sin riesgo, pudo ser testigo de los hechos de este caso. Dumoise, nuestro médico, fue la tercera persona que vio lo que Strickland y yo vimos. Las conclusiones que sacó de las pruebas eran completamente equivocadas. Ahora está muerto; murió de una forma bastante ex­traña, que ha sido descrita en otro lugar.

     Cuando Fleete llegó a India tenía una cantidad de dinero y algunas tierras al pie del Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharmsala.     Ambas pertenencias las había heredado de un tío y vino in loco para ocupar­se mejor de sus negocios. Obviamente, su conoci­miento de los indígenas era limitado, y se quejaba de las dificultades de la lengua.

Fleete bajó de las montañas, donde encontraba la localidad en que vivía, y vino a caballo hasta la Guar­nición para pasar la noche de fin de año y se hospe­dó en casa de Strickland. En la velada de fin de año hubo un gran banquete en el club y el alcohol corrió abundantemente como era previsible. Cuando se reú­nen hombres procedentes de los confines más leja­nos del Imperio tienen derecho a divertirse. La Fron­tera había enviado un contingente de soldados de un cuerpo especial que no habían visto más de veinte rostros blancos en un año, y que estaban acostum­brados a cabalgar quince millas para cenar en el fuer­te más próximo, con el riesgo de encontrarse con una bala kyberee en vez de hallar sus bebidas. Se aprove­charon de su condición, inédita, de seguridad en la que se hallaban e intentaron jugar al polo con un eri­zo que encontraron en el jardín, y uno de ellos llevó entre los dientes el marcador por toda la habitación. Media docena de colonos habían venido del sur y se burlaban del Mayor Mentiroso de Asia, que intentaba contraatacar, simultáneamente, todas las historias que le contaban. Todos estaban presentes, y se produjo un cierre general de filas, y una consideración sobre nuestras bajas, muertos o incapacitados, producidas durante el año pasado. Fue una noche muy remoja­da, y cantamos Auld Lang Syne [Hace tanto tiempo] con los pies en la Copa del Campeonato de Polo y la ca­beza entre las estrellas, y juramos que seríamos todos queridísimos amigos. Luego, unos nos fuimos a anexionar Birmania, y otros a abrir el camino de Sudán, y sin embargo les abrieron la barriga los “pelo rizado”, en la estepa a las puertas de Suakim, y otros consiguieron estrellas al mérito y medallas; unos se casa­ron, un hecho en sí objetable, y otros hicieron cosas peores, y el resto permaneció atado a nuestras cade­nas y luchó por hacer dinero con poca experiencia.

     Fleete empezó la noche con jerez y cervezas, de distintas marcas, bebió champán sin interrupción hasta el postre, y después vino seco y áspero de Ca­pri tan fuerte como el whisky, corrigió el café con Benedictine, cuatro o cinco whiskys con soda para mejorar sus golpes en el billar, y siguió con cerveza y dados a las dos y media, coronándolo todo con co­ñac añejo. En consecuencia, cuando a las tres y me­dia de la madrugada salió con una helada de diez grados bajo cero, se enfadó mucho porque su perro tosía e intentó saltar sobre la silla. El caballo se es­capó y se fue a su establo; así que Strickland y yo formamos una Guardia de Deshonor para llevar a Fleete a casa.

     Nuestro camino atravesaba el bazar, junto a un tem­plo pequeño de Hanuman, el dios-mono, que es una divinidad importante, digna de todo respeto. Todos los dioses tienen sus cosas a su favor, como las tienen to­dos los sacerdotes. Personalmente, le concedo mucha importancia a Hanuman y soy amable con su gente: los grandes monos grises de las montañas. Uno nunca sabe cuándo va a necesitar a un amigo.

     Había una luz en el templo, y, mientras pasábamos, pudimos oír voces de hombres cantando unos him­nos. En los templos indígenas los sacerdotes se le­vantan a todas las horas de la noche para rendir ho­nor a su dios. Antes de que pudiéramos hacer nada para impedirlo, Fleete subió corriendo la escalinata, les dio unas palmadas en la espalda a dos sacerdotes y con toda gravedad pulverizó la colilla en la frente de la imagen de piedra roja del dios Hanuman. Strickland trató de llevárselo a rastras de allí, pero él se sentó y dijo con toda solemnidad:

     -¿Veis eso? La marca de la b… bessstia. Yo la he hecho. ¿No esss bonita?

     Medio minuto después el templo estaba lleno de vida y de ruidos, y Strickland, que conocía las conse­cuencias de profanar las imágenes de los dioses, dijo que podría suceder algo. Él, en virtud de su posición oficial, su larga residencia en el país y su debilidad de mezclarse con los indígenas, era conocido por los sa­cerdotes, y la situación no le gustaba nada. Fleete se­guía sentado en el suelo y se negaba a moverse. De­cía que el buen y viejo Hanuman era una almohada muy suave.

     Entonces, sin previo aviso, un Hombre de Plata sa­lió de un hueco de detrás de la imagen del dios. Es­taba absolutamente desnudo con aquel frío punzan­te que mordía la carne, y su cuerpo brillaba como plata cubierta de escarcha, porque era lo que la Bi­blia llama “un leproso, blanco como la nieve”. Ade­más no tenía rostro, porque hacía años que era le­proso, y la enfermedad había devorado sus carnes. Nosotros dos nos inclinamos para levantar a Fleete, y el templo seguía llenándose de gente que parecía sur­gir de la tierra, y el Hombre de Plata se metió bajo nuestros brazos, haciendo un ruido igual al chillido de una nutria, agarró el cuerpo de Fleete y puso la cabeza de éste en su pecho, antes de que tuviéramos tiempo para sacarle de allí. Luego el hombre se reti­ró a un rincón, donde se sentó chillando, mientras la multitud bloqueaba todas las salidas.

     Los sacerdotes parecían muy furiosos, hasta que el Hombre de Plata tocó a Fleete. Aquella especie de friega animal en la nariz pareció devolverles la calma. Después de unos minutos de silencio, uno de los

sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo en perfec­to inglés:

     -Llévate de aquí a tu amigo. Él ya ha terminado con Hanuman, pero éste no ha terminado aún con él. La multitud nos abrió paso y llevamos a Fleete fue­ra, hasta la carretera.

     Strickland estaba muy enfadado. Decía que podían habernos acuchillado a los tres, y que Fleete debería dar gracias a su buena estrella por haber escapado sin daños.

     Fleete no dio las gracias a nadie. Dijo que se que­ría ir a la cama. Estaba maravillosamente borracho. Seguimos andando. Strickland, aún furioso, iba en silencio, hasta que a Fleete le entraron unos espasmos violentos de temblores y de sudor. Decía que los olo­res del bazar eran insoportables, y se preguntaba cómo permitían que hubiera mataderos

tan cerca de las residencias de los ingleses.

     -¿No sentís el olor de la sangre? -dijo Fleete. Por fin lo metimos en la cama, justo cuando des­puntaban las primeras luces del alba, y Strickland me invitó a tomar otro whisky con soda. Mientras bebía­mos habló del incidente del templo y admitió que le dejaba completamente desconcertado. Strickland odia que le engañen los indígenas, porque su dedicación a esta vida consiste en superarles usando sus propias armas. Todavía no lo ha logrado, pero dentro de quin­ce o veinte años habrá hecho algunos pequeños pro­gresos.

     -Deberían habernos hecho pedazos -dijo-, en lugar de ponerse a chillar. Quisiera saber cuál es su intención. No me gusta nada.

     Yo dije que el Comité del templo pondría sin duda una querella criminal contra nosotros por insultar su religión. Había una sección del código penal de In­dia que prevé exactamente la ofensa de Fleete. Strickland se limitó a decir que esperaba y rezaba para que no hicieran nada más. Antes de marcharme eché una mirada a la habitación de Fleete y lo vi tendido sobre su lado derecho, rascándose la parte izquierda del pe­cho. Luego, me fui a la cama, frío, deprimido y sintiéndome desgraciado, a las siete de la mañana.

     Me levanté a la una y fui hasta la casa de Stric­kland para interesarme de cómo la cabeza de Flee­te aguantaba la solemne borrachera del día anterior. Me imaginaba que no estuviese en perfectas condi­ciones. Fleete estaba desayunando y no se encon­traba bien. Tenía un humor de perros, pues no ha­cía más que insultar al cocinero, ya que no le había servido una chuleta poco hecha. Un hombre que puede comer carne cruda después de una noche de alcohol es un caso raro. Se lo dije a Fleete y se rió.

     -Hay unos mosquitos muy raros en estas tierras -dijo-. Me han acribillado, pero sólo en un lugar.

     -Déjame ver las picaduras -dijo Strickland-. Quizá han mejorado desde esta noche.

     Mientras le preparaban las chuletas, Fleete se de­sabrochó la camisa y nos mostró, justo debajo de su tetilla izquierda, una marca que era reproducción exacta de las manchas -cinco o seis puntos dis­puestos en círculo- de la piel del leopardo.

     Strickland la miró y dijo:

     -Por la mañana estaba rosa, ahora se ha vuelto negra.

     Fleete corrió en busca de un espejo.

     -¡Por Júpiter! -dijo- . ¡Es feo! ¿Qué quiere de­cir esto?

     No pudimos responderle. En ese momento llega­ron las chuletas, rojas

y jugosas, y Fleete se tragó tres de la forma más repugnante. Comía sólo sirviéndose de las muelas de la derecha e inclinaba la cabeza so­bre su hombro derecho mientras masticaba la carne. Cuando terminó, se imaginó que se había comporta­do de forma extraña, porque dijo a modo de excusa:

     -No creo que nunca me haya sentido tan ham­briento. He engullido como un avestruz.

   Después del desayuno, Strickland me dijo:

     -No te vayas. Quédate aquí, quédate a pasar la noche.

     La petición era absurda, puesto que mi casa no es­taba ni a tres millas de la de Strickland. Pero Strickland insistió, e iba a decir algo cuando Fleete interrumpió declarando con vergüenza que volvía a tener hambre. Strickland mandó a un hombre a mi casa para que trajese, además de un caballo, todo lo que se necesi­ta para pasar una noche. Y los tres fuimos a las ca­ballerizas de Strickland a pasar el rato hasta que fue­se hora de ir a dar un paseo a caballo. El hombre que tiene debilidad por los caballos nunca se cansa de ins­peccionarlos, y cuando dos hombres matan el tiem­po de esta manera aprenden cosas nuevas y se cuen­tan mentiras uno al otro.

   Había cinco caballos en las caballerizas, y nunca olvidaré la escena cuando tratamos de examinarlos. Parecían haberse vuelto locos. Se encabritaron, relin­charon y casi destrozan los soportes donde estaban atados; sudaban, tenían escalofríos, echaban espuma por la boca y estaban locos de miedo. Los caballos de Strickland le conocían tan bien como sus perros, lo que hacía esto aún más curioso. Abandonamos las ca­ballerizas, temiendo que los animales nos derribaran en su ataque de pánico. Strickland se volvió y me lla­mó. Los caballos seguían asustados, sin embargo nos dejaron acercar y acariciarlos, y mimarlos con muchos mohínes, y apoyaron sus cabezas en nuestro pecho.

     -No tienen miedo de nosotros dijo Strickland-. ¿Sabes una cosa? Daría tres meses de paga por que Outrage tuviera el don de la palabra.

     Pero Outrage no podía hablar y lo único que po­día hacer era apretarse contra su amo y resoplar, se­gún la costumbre de los caballos cuando desean ex­plicar cosas y no pueden. Fleete se acercó cuando estábamos en los establos, y tan pronto como los ca­ballos le vieron les volvió a dar un ataque de pánico. A duras penas pudimos escapar del lugar sin que nos cocearan. Strickland dijo:

     -Parece que no te quieren, Fleete.

     -Tonterías -dijo Fleete-: mi yegua me seguirá como un perro.

     Se acercó a ella. Estaba suelta en una caballeriza, pero, en cuanto corrió la tranca, la yegua corcoveó, le tiró al suelo y se escapó al jardín. Yo me reí, pero a Strickland no le divertía nada. Se llevó ambas ma­nos al bigote y tiró de él casi hasta arrancárselo. Fle­ete, en lugar de ir a perseguir a su yegua, bostezó di­ciendo que tenía ganas de dormir. Fue a la casa a acostarse, que es una forma muy tonta de pasar el pri­mer día del año.

     Strickland se sentó conmigo en las caballerizas y me preguntó si había notado algo extraño en el comporta­miento de Fleete. Le dije que comía como una bestia, pero que esto podía ser la consecuencia de vivir solo en las montañas, fuera del ámbito de una sociedad tan refinada y elevada como la nuestra, por ejemplo. A Stric­kland tampoco le hizo gracia. No creo que me estuvie­ra escuchando, porque su frase siguiente se refirió a la marca en el pecho de Fleete, y yo le dije que podía ha­ber sido causada por las picaduras de los mosquitos, o que posiblemente se tratara de una mancha de naci­miento recién aparecida, que era ahora visible por primera vez, y Strickland encontró propicia la ocasión para decirme que yo era un bobo.

     -Ahora no te puedo explicar lo que pienso – dijo-, porque dirías que estoy loco, pero tienes que quedarte conmigo los próximos días, si puedes. Quie­ro que observes a Fleete, pero no me digas lo que piensas hasta que yo haya tomado una decisión.

     -Pero esta noche estoy invitado a cenar fuera – dije.

     -Yo también -dijo Strickland-, y también Flee­te. Por lo menos si no cambia de idea.

     Paseamos por el jardín fumando, sin decir palabra -porque éramos amigos y la conversación estropea el gusto de un buen tabaco-. Después, cuando se nos apagaron las pipas, fuimos a despertar a Fleete. Lo encontramos completamente despierto y no para­ba de moverse por su cuarto.

     -Tengo ganas de comer más chuletas –dijo-. ¿Me las pueden servir?

     Nos reímos y le dijimos:

     -Ve a cambiarte. Los ponis estarán listos dentro de un minuto.

     -Está bien -dijo Fleete-, iré cuando me haya comido las chuletas, casi crudas; recuerda.

     Parecía hablar muy en serio. Eran las cuatro de la tarde y habíamos desayunado a la una; y sin embar­go, durante un buen rato, siguió pidiendo las chule­tas casi crudas. Luego se puso la ropa de montar y salió a la galería. Su poni -aún no habían cogido a la yegua- no le dejaba acercarse. Los tres caballos eran incontrolables, locos de miedo, y finalmente Fleete dijo que se quedaría en casa para comer algo. Strickland y yo nos fuimos a dar una vuelta a caballo, pen­sativos. Al pasar por el templo de Hanuman, el Hom­bre de Plata salió chillando hacia nosotros.

     -No es uno de los sacerdotes habituales del tem­plo -dijo Strickland-. Creo que me gustaría mucho ponerle la mano encima.

     Aquella tarde galopamos sin ningún entusiasmo por el hipódromo. Los caballos parecían decaídos y se movían como si estuvieran agotados.

     -El pánico que tenían, después del desayuno, ha sido demasiado para ellos -dijo Strickland.

     Fue la única observación que hizo durante nues­tro paseo. Creo que una o dos veces soltó un jura­mento en voz baja, pero eso no valía como discurso.

     Volvimos hacia las siete, cuando ya estaba oscuro, y vimos que no había luz en el bungalow.

     -¡Qué rufianes descuidados están hechos mis sir­vientes! -dijo Strickland.

     Mi caballo se encabritó ante algo que había en el camino de coches, y Fleete se puso en pie bajo su bel­fo.

     -¿Qué estás haciendo? ¿Rastrillas el jardín? -dijo Strickland.

     Pero los dos caballos se encabritaron y casi nos ti­ran al suelo. Desmontamos cerca de las caballerizas y volvimos junto a Fleete, que andaba a cuatro patas bajo los macizos de naranjos.

     -¿Qué demonios te pasa? -dijo Strickland.

     -Nada, nada -dijo Fleete, hablando muy depri­sa y con voz poco clara-. He salido a trabajar al jar­dín, ¡ya sabes!, a herborizar. El olor de la tierra es de­licioso. Creo que voy a dar un paseo…, un largo paseo…, que dure toda la noche.

     Y entonces vi que en todo aquello había algo que no encajaba, y le dije a Strickland:

     -Esta noche ceno en casa.

     -¡Que Dios te bendiga! -dijo Strickland-. ¡Va­mos, Fleete, levántate! ¡Vas a coger fiebre ahí! Ven a cenar y encendamos las lámparas. Cenaremos, todos en casa.

     Fleete se puso en pie a regañadientes y dijo:

     -Sin lámparas, sin lámparas. Se está mucho me­jor aquí. Cenemos fuera y tomemos más chuletas…, muchas y además casi crudas…, llenas de sangre y con un buen hueso.

     En el norte de India una noche de diciembre es tremendamente fría, y la sugerencia de Fleete era la de un loco.

     -Entra -dijo Strickland con voz severa-. Entra inmediatamente.

Fleete obedeció y, cuando trajeron las lámparas, vimos que estaba literalmente cubierto de tierra y de porquería de la cabeza a los pies. Debía de haberse revolcado por el jardín. Se apartó de la luz y se fue a su cuarto. Era horrible mirarle a los ojos. Tenían por detrás, no por dentro -no se si me entienden los lectores-, una luz verde, y le colgaba el labio inferior.

     Strickland dijo:

     -Esta noche vamos a tener problemas…, grandes problemas…. No te quites la ropa de montar. Esperamos y esperamos hasta que volviera Fleete nuevo, y mientras tanto pedimos la cena. Le oíamos moverse en su habitación, pero no había luz en ella. Entonces surgió de la habitación el aullido prolonga­do de un lobo.

     La gente habla y escribe con ligereza de la sangre que se le hiela en las venas, y que se le ponen los pe­los de punta y cosas por el estilo. Ambas sensaciones son demasiado horribles para tomarlas a la ligera. Se me paró el corazón, como si me lo hubieran atrave­sado con un cuchillo, y Strickland se puso tan blan­co como el mantel.

     El aullido se repitió y le contestó otro aullido des­de los campos lejanos.

     El horror llegó a su máxima expresión. Strickland corrió al cuarto de Fleete. Yo le seguí y le vimos salir por la ventana. Emitía, desde el fondo de su gargan­ta, unos ruidos bestiales. No pudo respondernos cuando le gritamos. Escupió.

     No recuerdo con precisión todo lo que siguió, pero creo que Strickland tuvo que dejarle inconsciente de un golpe con un largo calzador, porque si no nunca hubiera sido yo capaz de sentarme sobre su pecho. Fleete no podía hablar, sólo podía gruñir, y los gru­ñidos se parecían más a los de un lobo que a los de un hombre. Su naturaleza humana parecía haber ce­dido terreno durante todo el día y había muerto con el crepúsculo. Estábamos tratando con una bestia que un día había sido Fleete.

     El asunto estaba más allá de cualquier experiencia humana y racional. Yo traté de decir “hidrofobia”, pero la palabra no quería venir a mis labios, porque sabía que era mentira.

     Atamos a aquella bestia con las correas de cuero del punkab (abanico), y le amarramos de manos y pies y le amordazamos con un calzador de hueso, que es una mordaza muy eficaz si sabes utilizarla. Luego lo llevamos al comedor y enviamos a un hombre a bus­car a Dumoise, el médico, y que viniera urgentemen­te. Después de marchar el mensajero y

de recuperar el aliento, Strickland dijo:

     -No servirá para nada. En estos casos no hay que llamar al médico.

     Yo también creí que estaba diciendo la verdad. La bestia tenía la cabeza libre, y la movía con ra­bia de un lado a otro sin parar. Cualquiera que hu­biera entrado en la habitación habría creído que estábamos curtiendo la piel de un lobo. Strickland es­taba sentado con la barbilla apoyada donde la mano se une a la muñeca y observaba, sin hacer comenta­rios, a la bestia que se retorcía en el suelo. La camisa se le había roto en el forcejeo y en la tetilla izquierda se le veía la marca negra en forma de roseta. Sobre­salía como una ampolla, como una verruga.

     En el silencio de la espera oímos algo, en el exte­rior, que chillaba como una nutria hembra. Ambos nos pusimos de pie, y -hablo por mí, no por Strickland­ me invadió una náusea física. Nos dijimos, como los hombres de Pinafore *, que había sido el gato.

     Dumoise llegó, y nunca he visto a un hombre tan poco profesionalmente preocupado, descompuesto. Dijo que era un caso penoso de hidrofobia y que no había nada que hacer. Los remedios que se aplicasen no harían más que prolongar la agonía. La bestia echa­ba espuma por la boca. A Fleete, le dijimos a Du­moise, le habían mordido los perros en una o dos oca­siones. Cualquier hombre que tenga media docena de terriers debe esperar que le muerdan alguna vez. Du­moise no podía prestar la más mínima ayuda. Sólo po­día certificar que Fleete se estaba muriendo de hi­drofobia. En aquel momento la bestia aullaba, porque había conseguido escupir el calzador. Dumoise dijo que estaba dispuesto a certificar la causa de la muer­te y que el fin era seguro. Era un hombre de buenos sentimientos y se ofreció a quedarse con nosotros, pero Strickland rehusó su amable ofrecimiento. No quería estropearle el primer día del año con un sus­to tan desagradable. Tan sólo le rogaba que no hiciera pública la verdadera causa de la muerte de Fleete.

     Y Dumoise se marchó, profundamente agitado; y, apenas se alejó el ruido de las ruedas del carro, Stric­kland me susurró cuanto él sospechaba. Sus conjetu­ras eran tan absurdamente improbables que no se atrevía a decirlas en voz alta; y yo, que participaba de todas las opiniones de Strickland, estaba tan aver­gonzado de ellas que fingí incredulidad.

     -Incluso, aunque el Hombre de Plata haya em­brujado a Fleete por profanar la imagen de Hanuman, el efecto del castigo no se habría podido producir tan pronto.

     Mientras yo murmuraba estas palabras, el grito vol­vió a oírse fuera y

la bestia entró en tal agitación para liberarse, que tuvimos miedo de que

las ligaduras que lo sujetaban cediesen.

     -¡Observa! -dijo Strickland-. A la sexta vez que esto se repita, asumiré los poderes que me concede la ley. Te ordeno que me ayudes.

     Se fue a su cuarto y volvió al cabo de algunos mi­nutos con los cañones de una vieja escopeta, un trozo de sedal, una cuerda bastante gruesa y el bastidor de madera de su cama. Le conté que las convulsiones se habían producido dos segundos después de cada gri­to, y de que la bestia parecía sensiblemente más débil.

     Strickland murmuró:

     -¡Pero no puede quitarle la vida! ¡No puede qui­tarle la vida!

     Yo dije, sabiendo que hablaba conmigo mismo:

     -Puede que sea un gato. Tiene que ser un gato. Si el Hombre de Plata es el responsable, ¿cómo es que se atreve a venir por aquí?

     Strickland colocó el bastidor de madera encima de la chimenea, puso los cañones de la escopeta entre las ascuas, extendió el bramante sobre la mesa y rompió un bastón en dos. Había una yarda de sedal, tripa cubierta de alambre de la que se usa para pescar el mab­seer[barbo], y ató los dos extremos, formando un lazo. Y entonces dijo:

     -¿Cómo podemos capturarlo? Debemos cogerlo vivo y sin hacerle ningún daño.

     Yo dije que debíamos confiar en la Providencia y salir silenciosamente con los mazos de polo a apos­tarnos entre los arbustos, delante de la casa. Era evi­dente que el hombre, animal o lo que produjera aque­llos gritos se movía alrededor de la casa con la regularidad de un centinela nocturno. Podíamos es­perar en los matorrales hasta que pasara y golpearlo.

     Strickland aceptó esta sugerencia y nos deslizamos furtivamente al exterior por la ventana de un cuarto de baño hasta la galería delantera, y de allí atravesa­mos el camino hasta los matorrales.

     A la luz de la luna vimos al leproso, que se acer­caba desde la esquina de la casa. Estaba totalmente desnudo, y de vez en cuando maullaba y se paraba a bailar con su sombra. El espectáculo era muy poco atractivo, y al pensar en el pobre Fleete, llevado a tal degradación por una criatura tan espantosa, dejé de lado mis vacilaciones y decidí ayudar a Strickland, des­de los cañones calentados de las escopetas hasta el lazo de bramante…, desde las entrañas a la cabeza y vuelta a empezar…, con todas las torturas que fueran necesarias.

     El leproso se detuvo un momento en el pórtico de­lantero y saltamos sobre él con los mazos. Su fuerza era extraordinaria, y temimos que pudiera escapar o que acabara con una herida fatal antes de que lo apresára­mos. Creíamos que los leprosos eran criaturas frágiles, pero esta suposición resultó equivocada. Strickland le dio un golpe en las piernas para hacerlo caer y yo le puse el pie en el cuello. Maullaba espantosamente, e incluso a través de mis botas de montar sentí que su carne no era la carne de un hombre puro y sano.

     Nos golpeó con los muñones de sus manos y sus pies. Le hicimos el lazo del perro, se lo pasamos por debajo de las axilas y lo arrastramos así al salón y de allí al comedor, donde yacía la bestia. Allí lo atamos con las correas de un baúl. No intentó escaparse, pero no dejó de maullar.

     Cuando le pusimos frente a la bestia, la escena fue indescriptible. La bestia se curvó de espaldas en un arco perfecto, como si la hubieran envenenado con estricnina, y gemía de la forma más despiadada. Sucedieron también varias cosas más, pero aquí no pue­do contarlas.

     -Creo que yo tenía razón -dijo Strickland-. Ahora le rogaremos al leproso que lo cure.

     Pero el leproso se limitaba a maullar. Strickland se envolvió la mano con una toalla y sacó los cañones del fuego. Yo puse la mitad del bastón roto en el lazo del sedal y até al leproso con seguridad al bastidor de la cama de Strickland. Ahora entiendo cómo hombres, mujeres y niños pequeños pueden soportar ver que­mar viva a una bruja; porque la bestia gemía en el sue­lo y, aunque el Hombre de Plata no tenía rostro, se veían los sentimientos horribles que pasaban por la superficie lisa, como si fuera una lápida, que hacía las veces de su cara, con la misma exactitud con que olas de calor recorren un hierro candente, el de los caño­nes de escopeta, por ejemplo.

     Strickland se tapó los ojos con la mano por un mo­mento y empezamos a trabajar. Esta parte no puede ser contada.

     Comenzaba a apuntar el alba cuando el leproso ha­bló. Sus maullidos no habían sido satisfactorios hasta ese momento. La bestia se había desmayado de ago­tamiento y la casa estaba muy silenciosa e inmóvil. Li­beramos al leproso y le dijimos que alejara al espíritu maligno. Reptó hasta la bestia y le puso la mano en la tetilla izquierda. Eso fue todo. Luego cayó de bruces y gimoteó, conteniendo la respiración mien­tras lo hacía.

     Nosotros escrutábamos el rostro de la bestia y vi­mos el alma de Fleete volviendo nuevamente a sus ojos. Entonces brotó el sudor en su frente, y los ojos -eran ojos humanos- se cerraron. Esperamos una hora y Fleete seguía durmiendo. Le llevamos a su ha­bitación, pedimos al leproso que se fuera, y le rega­lamos el bastidor de la cama y la sábana para que cubriera su desnudez, los guantes y las toallas con las que le habíamos tocado y el cuero que había rodea­do su cuerpo. Se echó la sábana por encima y salió muy de mañana sin hablar ni maullar.

     Strickland se secó la cara y se sentó. Un gong noc­turno, de ésos que dan las horas nocturnas lejos, en la ciudad, dio las siete.

     -¡Veinticuatro horas justas! -dijo Strickland-. Y lo que he hecho bastaría para echarme del servicio, además de encerrarme toda la vida en un manicomio. ¿Crees que estamos despiertos?

     El cañón candente de la escopeta se había caído al suelo y estaba chamuscando la alfombra. El olor era totalmente real.

     Aquella mañana, a las once, fuimos juntos a des­pertar a Fleete. Miramos, y vimos que la negra roseta de leopardo le había desaparecido del pecho. Estaba muy soñoliento y cansado, pero en cuanto nos vio dijo:

     -¡Oh, maldita sea, amigos! ¡Feliz Año Nuevo! No mezcléis nunca las bebidas. Estoy medio muerto. -Gracias por tus buenos deseos, pero llegas tar­de -dijo Strickland-. Hoy es dos de enero. Has dor­mido veinticuatro horas seguidas.

     La puerta se abrió y el pequeño Dumoise asomó la cabeza. Había venido a pie y se figuraba que esta­ban amortajando a Fleete.

     -He traído a una enfermera conmigo -dijo Du­moise-. Supongo que puede entrar para… lo que sea necesario.

     -No faltaba más -dijo Fleete alegremente, in­corporándose en la cama-. Haga entrar a su enfer­mera.

     Dumoise se quedó sin hablar. Strickland le acom­pañó fuera de la habitación y le explicó que debía de haber alguna equivocación en el diagnóstico. Du­moise continuó sin abrir la boca y abandonó de pri­sa la casa. Consideraba que habían atentado contra su reputación profesional y se inclinaba a considerar su restablecimiento como una cuestión personal. Stric­kland también salió. Cuando volvió, dijo que había ido al templo de Hanuman con una oferta para reparar la profanación del dios, y le habían asegurado solem­nemente que ningún hombre blanco había tocado el ídolo, y que él era la encarnación de todas las virtu­des, bajo el encanto de una ilusión.

     -¿Qué piensas? -dijo Strickland.

     Y yo dije:

     -“Hay más cosas…” Famosa frase de Hamlet a Horacio (Hamlet, acto 1, es­cena V).

     Pero Strickland odia esa cita. Dice que la he utili­zado tanto que la he dejado sin sentido. Ocurrió otra cosa curiosa que me asustó tanto como todos los su­cesos de la noche anterior. Cuando Fleete se vistió, entró en el comedor y husmeó el aire. Tenía el ex­traño tic de mover la nariz cuando olfateaba.

     -Aquí hay un tremendo olor a perro -dijo-: de­berías tener más cuidado con esos terriers. Prueba con azufre, Strick.

     Pero Strickland no contestó. Cogió el respaldo de una silla y, sin previo aviso, le entró un ataque de his­teria. Es terrible ver a un hombre fuerte presa de la his­teria. Y entonces se me ocurrió pensar que habíamos luchado con el Hombre de Plata por el alma de Flee­te, en aquella habitación, y que habíamos perdido para siempre nuestra dignidad de ingleses, y me reí y jadeé y gruñí tan desvergonzadamente como Strickland, y Fleete pensó que los dos nos habíamos vuelto locos. Nunca le dijimos lo que habíamos hecho.

     Algunos años después, cuando Strickland ya se ha­bía casado y, por amor de su mujer, se convirtió en un respetable miembro de la comunidad, además de asiduo visitante de la iglesia, pasamos revista al inci­dente desapasionadamente, y Strickland sugirió que lo hiciera público.

     No comprendo muy bien cómo podría aclarar el misterio esta medida, porque, en primer lugar, nadie se va a creer una historia desagradable, y, en segun­do lugar, es bien sabido que los dioses de los paga­nos son de bronce y piedra, y que cualquier intento de considerarlos de otro modo está justamente con­denado.

 

 

*Alusión a la opereta cómica H.M.S. Pinafore de William Gilbert (1836-1911), en la que H. M. S. indica las naves de la marina militar y Pina/ore es el delantalito del niño.