Cuentos

COMETA1

La ciudad

Ray Bradbury

La ciudad esperaba desde hacía veinte mil años.

La ciudad esperaba con sus vidrios y negras paredes de obsidiana; y sus altas torres y sus desnudas torrecillas, con sus calles desiertas sin papeles ni huellas digitales. Esperaba… y el planeta daba vueltas en el espacio alrededor de un sol blanco y azul, y las estaciones pasaban del hielo al fuego, y otra vez al hielo, y los campos verdes se convertían en prados amarillos.

Y en la mitad del año veinte mil, la ciudad dejó de esperar.

Una nave apareció en el cielo.

La nave pasó rugiendo sobre la ciudad y fue a posarse a treinta metros de las paredes oscuras.

Unas botas aplastaron las hierbas delgadas y unos hombres hablaron:

—¿Listos?

—Muy bien. En marcha hacia la ciudad. Jensen, usted y la patrulla de Hutchinson vayan adelante. Y tengan cuidado.

En las negras paredes se abrieron narices ocultas, y una tromba de aire, uniformemente aspirada, entró en lo más profundo del cuerpo de la ciudad, por los canales, los filtros y los recolectores de polvo, hasta unas delgadas y sensibles membranas y bobinas, plateadas y brillantes. Una y otra vez se repitieron las inmensas succiones; una y otra vez unos cálidos vientos llevaron los olores del prado a la ciudad.

El olor del fuego, el olor de un meteoro, el olor de un metal caliente. Una nave ha llegado de otro mundo. El olor del cobre y los azufres de la nave.

La información pasó por unas ranuras a otros aparatos.

Una máquina de calcular funcionó: siete, ocho, nueve. ¡Nueve hombres! Una máquina de escribir imprimió el mensaje, que desapareció rápidamente entre dos rodillos.

La ciudad esperó las blandas pisadas de las botas de goma.

Las narices de la ciudad volvieron a abrirse.

Sobre la ciudad, desde los hombres al acecho, el aura que flotaba hacia la enorme Nariz se

descompuso en recuerdos de leche, queso, crema, mantequilla.

—Jones, tenga su arma preparada.

—La ciudad está muerta, ¿para qué preocuparse?

—No se puede saber.

Ahora, ante la charla, la Oreja despertó. Después de haber escuchado durante siglos unos débiles vientos, después de haber oído como brotaban las hojas de los árboles y cómo crecía suavemente la hierba, la Oreja estiró un enorme parche de tambor, donde los corazones invasores batirían y golpearían delicadamente. La Oreja escuchó y la Nariz aspiró varios metros cúbicos de olores. Los hombres sudaron.

Se les mojaron las manos que sostenían las armas, y unas islas de humedad nacieron en las axilas.

La Nariz se movió y estudió el aire, como un catador que probase un viejo vino.

La información descendió girando en unas cintas paralelas. Sudor: cloruros, sulfatos; ácidos, nitratos amoniacales, creatinina, azúcar, ácido láctico. Sonaron las campanas. Aparecieron los totales. La Nariz expelió el aire analizado. La Oreja escuchó de nuevo:

 

—Creo que deberíamos volver a la nave, señor.

—Soy yo quién da las órdenes, señor Smith.

—Sí, capitán.

—¡Eh! ¡La patrulla! ¿Ven ustedes algo?

—Nada, señor. ¡Parece que estuviese muerta desde hace siglos!

—¿Ha oído, Smith? No hay nada que temer.

—No me gusta. No sé por qué. Esta ciudad es demasiado familiar.

—Tonterías. Este sistema planetario está a billones de kilómetros.

—Sin embargo, yo lo siento así, señor. Creo que deberíamos irnos.

El ruido de los pasos cesó de pronto. Sólo se oía la respiración de los intrusos en el aire tranquilo.

La Oreja oyó y funcionó rápidamente. Momentos después, respondiendo a las solicitaciones de la Oreja y la Nariz, unas frescas nubes de vapor salieron por las aberturas de los muros y llegaron hasta los invasores.

—¿Huele eso, Smith? Hierba verde. ¿Conoce algo mejor? Por Dios, me quedaría aquí sólo para

respirar ese aroma.

La clorofila invisible voló entre los hombres inmóviles.

Los pasos resonaron otra vez.

—No hay nada malo en eso, ¿eh, Smith? ¡Adelante!

La Oreja y la Nariz descansaron aliviadas durante una billonésima fracción de segundo. La

contramaniobra había tenido éxito.

* * * * * * *

Ahora, los nublados Ojos de la ciudad se despojaron de sus nieblas y sus brumas.

—¡Capitán! ¡Las ventanas!

—¿Qué?

—Las ventanas de ese edificio. ¡Ése! ¡Se movieron!

—No vi nada.

—Sí. Cambiaron de color. Antes eran oscuras. Ahora son claras.

—A mí me parecen unas ventanas comunes.

Los objetos borrosos adquirieron una forma precisa. En las entrañas mecánicas de la ciudad, unos ejes aceitados se adelantaron, unas ruedas volantes se zambulleron en unos pozos de aceite verde. Los marcos de las ventanas se ajustaron. Los vidrios resplandecieron.

Abajo, por la calle, pasaban dos hombres, seguidos a cierta distancia por los otros siete miembros de la patrulla. Caminaban tiesamente con sus extremidades posteriores y esgrimían unas armas metálicas.

Calzaban botas. Eran del sexo masculino. Tenían ojos, bocas, narices y orejas.

Las ventanas se estremecieron, se aclararon, se dilataron.

—¡Fíjese, capitán, las ventanas!

—Siga adelante.

—Yo me vuelvo a la nave, señor.

—¡Smith!

—¡No quiero caer en una trampa!

—¿Tiene miedo de una ciudad desierta?

La calle estaba empedrada con piedras de ocho centímetros de ancho por dieciséis de largo. Con un movimiento imperceptible, la calle cedió. Estaba pesando a los invasores.

En la máquina instalada en un sótano, una aguja señaló en una escala y el registro del peso de los hombres descendió por unos carreteles.

Ahora la ciudad estaba totalmente despierta.

Los ventiladores aspiraban y expiraban el aire, el olor a tabaco, el perfume jabonoso de las manos.

Hasta los globos oculares tenían un leve olor. La ciudad registró esos olores, obteniendo un total que se unió a los otros totales. Las ventanas brillaron.

La Oreja se endureció y estiró más y más su piel de tambor. Todos los sentidos de la ciudad

hormigueaban ahora; contaban las respiraciones y los sordos latidos de corazones ocultos, escuchaban, observaban, gustaban.

Pues las calles eran como lenguas y, allí donde pisaron los hombres, el gusto de las botas fue absorbido por los poros de las piedras. Ese total químico, tan sutilmente recogido, se añadió a las sumas que crecían y esperaban el cálculo final.

Pasos. Alguien que corre.

—¡Vuelva acá, Smith!

—¡No, váyanse al diablo!

—¡Deténganlo!

La ciudad, después de haber escuchado, observado, gustado, sentido, pesado y comparado, tenía que realizar un último examen.

En medio de la calle se abrió una trampa. El capitán, lejos de los otros, que corrían detrás de Smith, desapareció.

Colgado de los pies, el capitán murió en seguida. Una navaja le abrió la garganta, otra el pecho. Le vaciaron las entrañas con rapidez y las expusieron sobre una mesa, bajo la calle, en un cuarto secreto.

Unos grandes microscopios examinaron atentamente las rojas fibras de los músculos. Unos dedos sin cuerpo tocaron el corazón palpitante. Unas pinzas sujetaron a la mesa los jirones de la piel, mientras que unas manos veloces movían las distintas partes del cuerpo. Allá arriba, en la calle, los hombres corrían.

Abajo, la sangre llenaba unas cápsulas y, agitada y batida, cubría las delgadas platinas de los microscopios.

Se sacaban cuentas, se registraban las temperaturas, se cortaba el corazón, se abrían los riñones y el hígado. Del cráneo trepanado salía el cerebro; los nervios se estiraban, se probaba la elasticidad de los músculos. Y en el subterráneo eléctrico, la Mente, al fin, sacaba el total definitivo y toda la maquinaria hacía un alto.

El total.

Estos SON hombres. Estos SON hombres de un mundo lejano, de un CIERTO planeta. Tienen ciertos ojos, ciertas narices, y caminan erguidos de cierto modo, y llevan armas, y piensan, y luchan, y tienen esos corazones y esos órganos que fueron registrados hace ya mucho tiempo.

Arriba, los hombres corrían, alejándose hacia la nave.

Estos son nuestros enemigos. Estos son los que esperamos desde hace tanto tiempo. Estos son los hombres de un planeta llamado Tierra, que hace veinte mil años declaró la guerra a Taollan, que nos esclavizó y nos arruinó y nos destruyó con una peste mortífera. Luego se fueron a vivir a otra galaxia, escapando a esa muerte que habían diseminado entre nosotros. Olvidaron aquella guerra, aquellos días.

Pero nosotros no olvidamos. Nuestra espera ha terminado.

—¡Smith! ¡Vuelve!

Sobre la mesa roja, en el cuerpo abierto y vacío del capitán, otras manos comenzaron a agitarse.

Colocaron en el interior unos órganos de cobre, plata, aluminio, goma y seda; unas arañas mecánicas tejieron bajo la piel una tela de oro; se añadió un corazón; en la caja craneana pusieron un cerebro de platino que zumbaba y emitía unas chispas azules; unos finos alambres unieron el cerebro con brazos y piernas. En sólo un instante otras manos cosieron el cuerpo y borraron las incisiones y las cicatrices de la nuca, la garganta y el cráneo.

El capitán se sentó y flexionó los brazos.

—¡No corras, Smith!

El capitán reapareció en la calle, alzó el revólver e hizo fuego.

Smith cayó con una bala en el corazón.

—¡Ese imbécil! ¡Tenerle miedo a una ciudad!

Los hombres miraron el cuerpo de Smith tendido a sus pies.

Luego miraron al capitán con ojos que se abrían y se cerraban.

—Escúchenme —dijo el capitán—. Tengo que decirles algo muy importante.

Ahora la ciudad se preparó para mostrar el último de sus poderes, el poder del lenguaje. Habló con la

voz tranquila de un ser humano.

—Ya no soy vuestro capitán. Ya no soy un hombre.

Los hombres retrocedieron.

—Soy la ciudad —dijo la voz. En el rostro apareció una sonrisa—. He esperado doscientos siglos. He

esperado a que los hijos de los hijos de los hijos volvieran aquí.

—¡Capitán, señor!

—Permítanme un momento. ¿Quién me ha creado? La ciudad. Unos hombres que murieron; la vieja

raza que una vez vivió aquí. La gente que los terrestres dejaron morir de un mal espantoso. Y los seres de

esa vieja raza, soñando con la vuelta de los hombres, construyeron esta ciudad cuyo nombre es Venganza.

En veinte mil años sólo dos naves descendieron aquí. Una venía de una remota galaxia llamada Ennt. La

ciudad pesó y examinó a los ocupantes de aquella nave y los dejó ir, sin un solo rasguño. Hizo lo mismo

con los tripulantes de la segunda nave. ¡Pero hoy! ¡Al fin habéis llegado! La venganza será total. Aquellos

hombres murieron hace doscientos siglos, pero dejaron una ciudad para darles la bienvenida.

—Capitán, señor, usted no se siente bien. Será mejor que vuelva a la nave, señor.

La ciudad se estremeció.

Las piedras de la calle se apartaron y los hombres cayeron gritando. Y vieron, mientras caían, unas

brillantes navajas que se apresuraban a recibirlos.

Pasaron algunos minutos. Luego el llamado.

—¿Smith?

—¡Presente!

—¡Jensen!

—¡Presente!

—¿Jones, Hutchinson, Springer?

—¡Presente, presente, presente!

—Volvemos en seguida a la Tierra.

—¡Sí, señor!

Las incisiones de los cuellos eran invisibles; lo mismo los ocultos corazones de cobre, los órganos de

plata y los alambres de los nervios dorados y finos. Las cabezas emitían un leve zumbido eléctrico.

Nueve hombres introdujeron en la nave las bombas de gérmenes patógenos.

—Arrojaremos estas bombas sobre la Tierra.

—¡Muy bien, señor!

La portezuela de la nave se cerró de golpe. La nave saltó hacia el cielo.

La ciudad descansaba. Los ojos de vidrio se apagaron. La Oreja se cerró; los grandes ventiladores de

la Nariz dejaron de girar; las balanzas de las calles se detuvieron, y la maquinaria oculta volvió a hundirse

en su baño de aceite.

Lentamente, apaciblemente, la ciudad disfrutó del placer de morir.

F I N

 

 

 

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