Cuentos

COMETA1

Esperando a Alejo

Omaira Arbelaez

 

La oscuridad ha muerto. El rosa cubre con sus sombras el azul lejano de la cordillera. Te he perdido en el diluvio de edificios que hoy se inmortalizan frente a mi ventana. Tu cama está vacía. Parece un siglo la ausencia en la noche. Los libros se han petrificado. Los juguetes que adornan la biblioteca quieren vibrar con el nerviosismo de tus manos pero no estás para evocar tu infancia hablando de madurez.

El rostro de Manuela se desvanece con el sol. Todo el marco ovalado se ha enmudecido frente a tu ausencia. No estás y no lo soporto. Quisiera saberte vivo… conocer que estás muerto. Tener alguna respuesta… y no existe ninguna. Quisiera sacudir este mundo, estrangularlo y sacarte de cualquier maldito refugio, de cualquier prisión, de un subterráneo, de una tumba, de un recoveco del monte o de la selva, de las aguas inocentes que te ocultan a mis ojos.

¡Malditos! todos los que me han alejado de ti. No puedo perdonarlos. Sería incapaz de bendecirlos y pedirle a Dios que apacigüe su castigo, porque ningún cáncer que los devore lentamente sería capaz de calmar la zozobra de diez años sin tu luz.

Por fin mis arrugas desaparecen del cristal de la ventana. Estos ojos cansados no soportan el imaginarte lejos y se han cerrado, bajo la amargura que me atormenta. Cómo se puede perder un muchacho en la ciudad sin que nadie pueda rescatar sus huellas. Cómo puede el mundo continuar su marcha, salir a trabajar, llevar los chicos a la guardería, limpiar el carro antes de partir, madrugar a barrer la acera y regar el jardín y sí, seguir como si nada, cuando mi corazón se desangra por el hijo que no vuelve, que ya no regresará.

Los cabellos dorados de Manuela se evaporan con el tiempo. Tu despertador se quedó en las siete. Los cuadernos de medicina siguen anhelando tus notas de tercer semestre. Ella ya tiene un hijo, un hogar, un título. No te olvida, pero reconstruyó su historia.

En cambio, este vientre que anheló tu presencia antes de nacer, que te acarició aún sin tenerte entre mis brazos y te alegró con viejas melodías de cuna no se resigna, no conoce esa palabra, no la acepta.

Aún recuerdo las lágrimas de José cuando te vio nacer. El primer hijo. El gran orgullo de la familia. Los retratos con los abuelos, con los tíos, los vecinos y el flash de rigor con cada una de las visitas de los amigos cargados de regalos.

Un ángel de ojos pardos, pestañas largas y… calvo. Un chiquillo que cuando balbuceó mamá me elevó a la gloria y me hizo sentir vieja cuando papá te llevó por primera vez a la escuela, llorando porque no querías dejarme.

Aprendiste a leer como por arte de magia. Pasaste de las caricaturas de los domingos a Dostoievski, Verne, Hemingway y Faulkner sin darme cuenta y pensando que querías ser escritor terminaste escogiendo medicina, en medio de una adolescencia rebelde comprometida con el cambio.

Creía que eran cosas de muchacho, te previne de la maldad, del terror que se mimetiza bajo muchos trajes, del poder que se agazapa entre lemas de justicia y se convierte en lobo cuando está cerca el botín. No escuchaste porque tenías que conocer, jugándote el alma, que todo cuanto te decía era verdad.

Los debates en la cocina, las trifulcas en el comedor, el correr de aquí para allá pensando en las tareas de los otros muchachos, los gritos de tu papá, el golpe de la puerta de tu cuarto y las noches en vela esperando el regreso de las fiestas y los compromisos académicos.

Cosas de la edad. No imaginé perderte. Sandra aún llora aferrada a sus muñecas. Matilde extraña cuando le explicabas con paciencia el álgebra. Juan Carlos se volvió tímido, introvertido, ni siquiera tiene novia por estar aquí soslayando mi pena y José, pobre, él se siente tan culpable por las discusiones, por los debates políticos, por juzgarte, por castigarte cuando llegabas tarde.

Ahora se muere porque, aunque tarde, toques esa puerta y entres en puntillas a devorarte la comida fría, dejando como siempre la leche sin guardar en la nevera.

Aprendió a fumar, a leer el diario empezando por la página roja, a dejar que el café le amenice los domingos en el balcón ahora sin fútbol, sólo con el silencio de tu voz en el recuerdo.

De ese closet no se ha sacado ni una media ni tus guayos ni el saco rojo que le fascinaba a Matilde ni ninguna de tus prendas. Aunque en sueños, con tus ojos claros mirando con dulzura, me has dicho que estás muerto, que deje de llorar y de esperarte, mi vida es nada sin ti.

El sol ha sacado de las sombras tu imagen en el espejo, rescató los paisajes tropicales del tendido de tu cama, cerró tus cuadernos y el guardarropas. Apagó la lámpara de tu escritorio y borró mi imagen completamente de tu ventana.

La sonrisa de Manuela revive con la luz. Tu retrato en la mesa de noche me abraza en pleno cumpleaños. Que ternura la de aquellos días. Me regalaste un Rosario y la imagen de María que hoy está a la entrada de tu cuarto.

Oh! Madre Santa no me abandones, comprende mi dolor. Perdiste a tu Amado Hijo y lo recuperaste para ti y para los hombres. No me dejes sin el mío. ¡Te lo ruego!, de rodillas, me comprometo a perdonar a quienes lo arrancaron de mi corazón pero devuélvemelo por favor. No me dejes sufrir más, tráelo a casa.

Sí, vivo, muerto, como tú lo dispongas. Déjame abrazarlo por última vez, besar sus ojos de azul triste, cerrar sus labios siempre sonrientes. Permite sentir que mi vientre dio a luz por amor a la humanidad y que ella me consentirá entregarlo al menos con una oración a la tierra. Nada tiene sentido sin mi Alejo, Madre.

¡Maldita ciudad! eres un lobo, no entiendo cómo te amo, si me has robado el sentido de mi vida, de mi hogar, de mis otros hijos, de José. Lo arrebatas todo y sigues así, impasible, invadida de sirenas, de edificios fríos, de uniformes, de gente indiferente, de hombres y mujeres que no entienden el dolor hasta que éste, sigiloso, se inmiscuye en su universo y lo destroza todo a tu paso para dejarte inerte ante tanta SOLEDAD.

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