Cuentos

Escalcol1

UNA ROSA PARA EMILY

WILLIAM FAULKNER

 

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo asistió a su entierro; los hombres por una especie de afecto respetuoso hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por curiosidad de ver su casa por dentro, que no había visto nadie en los últimos diez años excepto un viejo criado –una combinación de jardinero y cocinero.

Era una gran casa de madera, más bien cuadrada, que en otro tiempo había sido blanca, decorada con cúpulas y capiteles y balcones con volutas en el pesado estilo frívolo de los años setenta, situada en lo que en otro tiempo fue nuestra calle más selecta. Pero los garajes y las desmotadoras de algodón habían recubierto y borrado incluso los nombres augustos de ese barrio; sólo quedaba la casa de la señorita Emily, elevando su terca decadencia coqueta por encima de los carros de algodón y las bombas de gasolina –ofensa a los ojos entre tantas ofensas a los ojos. Y ahora la señorita Emily se había ido a reunir con los representantes de esos augustos nombres que yacían en el cementerio adornado de cipreses entre las alineadas tumbas anónimas de los soldados de la Unión y de la Confederación que cayeron en la batalla de Jefferson.

En vida, la señorita Emily había sido una tradición, un deber, un cuidado; una especie de obligación hereditaria sobre el pueblo, que databa de aquel día de 1894 en que el Coronel Sartoris, el alcalde –el que engendró el edicto de que ninguna negra debía aparecer en la calle sin delantal–, la dispensó de impuestos, datando esa dispensa desde la muerte de su padre y a perpetuidad. No es que la señorita Emily hubiera aceptado una caridad. El Coronel Sartoris inventó un enredado cuento en el sentido de que el padre de la señorita Emily había prestado al municipio un dinero que el municipio, como cuestión de negocios, prefería devolver así. Sólo un hombre de la generación y de la delicadeza del Coronel Sartoris podría haberlo inventado, y sólo una mujer se lo podía haber creído.

Cuando la siguiente generación, con sus ideas más modernas, llegó a ser los alcaldes y los concejales, ese arreglo creó cierta insatisfacción. A principios de año le enviaron por correo un aviso de impuestos. Llegó febrero y no había respuesta. Le escribieron una carta oficial, pidiéndole que se presentara en la oficina del oficial de justicia cuando le fuera más cómodo. Una semana después, el propio alcalde le escribió en persona, ofreciendo visitarla o enviarle su coche, y recibió en respuesta una nota en papel de forma arcaica, con una delgada caligrafía fluyente, en tinta descolorida, en el sentido de que ella ya no salía en absoluto. Adjuntaba también el aviso de impuestos, sin comentario.

Convocaron una reunión especial del Concejo Municipal. Una diputación la fue a visitar, llamando a la puerta por la que no había entrado ningún visitante desde que ella dejó de dar lecciones de pintar porcelana hacía unos ocho o diez años. Les hizo entrar el viejo negro a un vestíbulo en penumbra desde el cual una escalera subía hacia más sombra aún. Olía a polvo y desuso: un olor denso, malsano. El negro les hizo entrar al salón, que tenía un mobiliario pesado, tapizado en cuero. Cuando el negro abrió los postigos de una ventana vieron que el cuarto estaba agrietado; y cuando se sentaron, un leve polvo se elevó perezosamente entre sus muslos, girando en lentas motas en el único rayo de sol. En un sucio caballete dorado ante la chimenea se elevaba un retrato a lápiz del padre de la señorita Emily.

Se levantaron al entrar ella; una mujer pequeña y gorda de negro, con una delgada cadena de oro bajándole hasta la cintura y desapareciendo en su cinturón, y apoyada en un bastón de ébano con una estropeada cabeza de oro. Su esqueleto era pequeño y reducido; quizá por eso lo que en otra hubiera sido nada más que gordura, en ella era obesidad. Parecía borrosa, como un cuerpo que lleva mucho tiempo sumergido en agua inmóvil, y de ese mismo color pálido. Sus ojos perdidos en las grasientas ondulaciones de la cara, parecían dos trocitos de carbón encajados en un trozo de masa, al moverse de una cara a otra mientras los visitantes exponían su recado.

Ella no les pidió que se sentaran. Se quedó simplemente en la puerta escuchando tranquilamente hasta que el portavoz tropezó y se detuvo. Entonces oyeron el reloj invisible tictaqueando en el extremo de la cadena de oro.

Su voz era seca y fría:

–Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. El Coronel Sartoris me lo explicó. Quizá uno de ustedes pueda obtener acceso a los registros del municipio para convencerse.

–Pero si ya lo hemos hecho. Nosotros somos las autoridades municipales, señorita Emily. ¿No recibió un aviso del oficial de justicia, firmado por él?

–Recibí un papel, sí –dijo la señorita Emily–. Quizá él mismo se considere el oficial de justicia… Yo no tengo impuestos en Jefferson.

–Pero no hay nada en los libros que lo muestre, vea. Tenemos que seguir la…

–Vean al Coronel Sartoris. Yo no tengo impuestos en Jefferson…

–Pero, señorita Emily…

–Vean al Coronel Sartoris. –(El Coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años)–. Yo no tengo impuestos en Jefferson. ¡Tobe! –Apareció el negro–. Acompaña a estos caballeros a la puerta.

 

II

Así les venció, en toda regla, igual que había vencido a sus padres treinta años antes con lo del olor. Eso fue dos años después de la muerte de su padre y poco tiempo después de que la abandonara su novio –el que creíamos que se casaría con ella. Después de la muerte de su padre salía muy poco; después que se marchó su novio, la gente apenas la vio. Unas pocas señoras tuvieron la temeridad de llamar, pero no fueron recibidas, y la única señal de vida en el sitio era el negro –entonces joven– entrando y saliendo con una cesta de la compra.

–Como si un hombre, ningún hombre, pudiera llevar decentemente una cocina –dijeron las señoras; así que no les extrañó cuando se formó el olor. Era otro vínculo entre el grosero mundo pululante y los altos y poderosos Grierson.

Una vecina se quejó al alcalde, el Juez Stevens, de ochenta años.

–Pero ¿qué quiere que haga yo con eso, señora? –dijo él.

–Pues mandarle recado de que lo pare –dijo la mujer–. ¿ No hay una ley?

–Estoy seguro de que no hará falta –dijo el juez Stevens–. Probablemente es sólo una serpiente o una rata que ha matado ese negro suyo en el jardín. Ya hablaré con él de eso.

Al día siguiente recibió dos quejas más, una de un hombre que vino como excusándose con temor.

–Realmente tenemos que hacer algo con eso, señor juez. Yo sería el último del mundo en molestar a la señorita Emily, pero tenemos que hacer algo.

Esa noche se reunió en Concejo Municipal –tres barbas entrecanas y uno más joven, un miembro de la generación ascendente.

–Es muy sencillo –dijo éste–. Mándenle recado de que limpie su sitio. Denle cierto tiempo para hacerlo, y si no…

–Caramba, señor mío –dijo el juez Stevens–, ¿va usted a acusar a una señora de que le huele mal la cara?

Así que la noche siguiente, cuatro hombres cruzaron el césped de la señorita Emily y se deslizaron alrededor de la casa como ladrones, olfateando a lo largo de la base de las paredes de ladrillos y en las aberturas del sótano, mientras uno de ellos realizaba un verdadero movimiento de siembra sacando la mano de un saco colgado del hombro. Abrieron con fractura la puerta del sótano y esparcieron cal viva por allí y en todas las construcciones auxiliares. Al volver a cruzar el césped, se iluminó una ventana que estaba oscura y la señorita Emily apareció en ella, sentada, con la luz detrás, y su torso erguido inmóvil como el de un ídolo. Ellos se deslizaron en silencio a través de la hierba hasta la sombra de las acacias que bordeaban la calle. Al cabo de una semana o dos desapareció el olor.

Entonces fue cuando la gente empezó a lamentarse realmente por ella. La gente de nuestro pueblo, recordando cómo, la vieja señora Wyatt, su tía abuela, se había vuelto completamente loca al final, creían que los Grierson se consideraban un poco por encima de lo que eran realmente. Ninguno de los jóvenes era bastante para la señorita Emily y su gente. Habíamos pensado en ellos desde hacía mucho igual que en un cuadro, la señorita Emily como esbelta figura en blanco al fondo, su padre, como silueta despatarrada en primer plano, de espaldas a ella y agarrando un látigo; los dos enmarcados por la puerta delantera bien abierta hacia atrás. Así que cuando ella cumplió los treinta años y siguió sola, no nos gustó exactamente, pero nos sentimos vindicados; aun con locura en la familia no habría rechazado todas sus oportunidades si se hubieran concretado realmente.

Cuando murió su padre, se dijo por ahí que lo único que le dejaba era la casa; en cierto modo, la gente se alegró. Al fin podían compadecer a la señorita Emily. Al quedarse sola, y pobre, se había humanizado. Ahora ella también conocería la vieja emoción y la vieja desesperación de un penique más o menos.

El día después de su muerte las señoras se dispusieron a visitar la casa y ofrecer sus condolencias y su ayuda, según nuestra costumbre. La señorita Emily las recibió en la puerta, vestida como de costumbre y sin rastro de dolor en la cara. Les dijo que su padre no había muerto. Lo hizo así durante tres días, con los clérigos que la visitaron y con los médicos que la trataban de persuadir de que les dejara ocuparse del cadáver. Cuando estaban a punto de recurrir a la ley y a la fuerza, ella se derrumbó, y enterraron rápidamente a su padre.

No decimos que estuviera loca entonces. Creíamos que tenía que hacer eso. Recordábamos a todos los jóvenes que su padre había ahuyentado, y sabíamos que, no habiéndole quedado nada, se tendría que aferrar a aquello mismo que la había despojado, como hace siempre la gente.

 

III

Estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la vimos otra vez se había cortado el pelo bien corto, haciéndola parecer una niña, con una vaga semejanza a los ángeles de las ventanas coloreadas de las iglesias –algo así como trágica y serena.

El pueblo había contratado la pavimentación de las aceras, y el verano después de la muerte de su padre empezaron las obras. La compañía de obras llegó con negros y mulas y maquinaria, y un capataz llamado Homer Barron, un yanqui –un hombre grande, oscuro, bien dispuesto, con una gran voz y los ojos más claros que la cara. Los niños le seguían en grupos para oírle insultar a los negros, y oír cantar a los negros a compás del subir y bajar los picos. Muy pronto conoció a todo el mundo del pueblo. Siempre que se oía mucha risa en cualquier sitio de la plaza, Homer Barron estaba en el centro del grupo. Al fin empezamos a verle con la señorita Emily los domingos por la tarde guiando el cochecillo de ruedas amarillas y la pareja de bayos de la caballeriza de alquiler.

Al principio nos alegramos de que la señorita Emily se interesara por alguien, porque todas las señoras decían:

–Claro que una Grierson no pensaría en serio en uno del Norte, en un jornalero.

Pero había otros, gente mayor, que decían que ni siquiera el dolor podía hacer que una verdadera dama olvidara el noblesse oblige –sin llamarlo noblesse oblige. Decían sólo: “Pobre Emily. Deberían venir a verla sus parientes”. Tenía algunos parientes en Alabama, pero hacía años su padre había reñido con ellos por la herencia de la vieja señora Wyatt, la loca, y no había comunicación entre las dos familias. Ni siquiera habían estado representados en el entierro.

Y tan pronto como dijeron los viejos “Pobre Emily”, empezó el cuchicheo. “¿Suponéis que de veras es así?”, se decían unos a otros. “Claro que sí. Qué otra cosa podría…”

Eso, con la mano ante la boca: con un frufrú de seda y de raso al estirar el cuello detrás de celosías cerradas contra el sol del domingo por la tarde mientras pasaba leve y rápido el clop-clop-clop de la pareja de caballos: “Pobre Emily”.

Ella llevaba la frente bien alta –aun cuando creíamos que había caído. Era como si exigiera más que nunca el reconocimiento de su dignidad como la última Grierson; como si hubiera necesitado ese toque de terrenalidad para reafirmar su imperturbabilidad. Igual que cuando compró el veneno de ratas, el arsénico. Eso fue un año después que empezaran a decir “Pobre Emily” y mientras estaban con ella sus dos primas pasando una temporada.

–Quiero un veneno –dijo al boticario. Tenía más de treinta años entonces, todavía una mujer leve, más delgada que de costumbre, con fríos y altaneros ojos negros en una cara cuya carne estaba tensa en las sienes y en las cuencas de los ojos como uno se imagina que debe ser la cara de un farero.

–Quiero un veneno –dijo.

–Sí, señorita Emily. ¿De qué clase? ¿Para ratas y cosas así? Yo recomen…

–Quiero el mejor que tenga. No me importa de qué clase.

El boticario nombró varios.

–Esos matan cualquier cosa, hasta un elefante. Pero lo que usted necesita es…

–Arsénico –dijo la señorita Emily–. ¿Es bueno eso?

–¿ Que si es… el arsénico? Sí, señora. Pero lo que usted necesita…

–Quiero arsénico.

El farmacéutico la miró de arriba a abajo. Ella le devolvió la mirada, erguida, con la cara como una bandera tensa.

–Bueno, claro –dijo el boticario–. Si eso es lo que quiere. Pero la ley requiere que diga para qué lo va a usar

La señorita Emily no hizo más que quedárselo mirando, con la cabeza echada atrás para mirarle a los ojos, hasta que él apartó la mirada y trajo el arsénico y lo envolvió. El paquete se lo dio el muchacho negro de los repartos: el boticario no volvió a aparecer. Cuando ella abrió el paquete en casa, estaba escrito en la caja, bajo la calavera y los huesos: “Para ratas”.

IV

Así que al día siguiente todos dijimos: “Se va a matar”; y dijimos que sería lo mejor. Cuando se la había empezado a ver con Homer Barron, dijimos: “Se casará con él”. Luego dijimos: “Todavía le convencerá”, porque el mismo Homer había hecho notar –le gustaba ir con hombres, y se sabía que bebía con los jóvenes del Elks’ Club– que él no era hombre de casarse. Luego dijimos “Pobre Emily” detrás de las celosías, cuando pasaban el domingo por la tarde en el reluciente cochecillo, la señorita Emily con la cabeza bien alta y Homer Barron con el sombrero echado atrás, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en un guante amarillo. Entonces algunas señoras empezaron a decir que era una deshonra para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no querían interferir, pero por fin las señoras obligaron a un ministro baptista –en la familia de la señorita Emily eran episcopalianos– a visitarla. Él nunca quiso divulgar lo ocurrido en esa entrevista, pero se negó a volver. Al domingo siguiente volvieron a pasar en el cochecillo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes de la señorita Emily en Alabama.

Así que volvió a tener bajo su techo parentela de su sangre y nosotros nos arrellanamos para observar la marcha de los acontecimientos. Al principio no pasó nada. Luego nos sentimos seguros de que se iban a casar. Supimos que la señorita Emily había ido al joyero a encargar un conjunto de aseo para caballero, de plata, con las letras H. B. en cada pieza. Dos días después supimos que había comprado un conjunto completo de ropa de hombre, incluyendo un camisón, y dijimos: “Están casados”. Nos alegramos de veras. Nos alegramos porque las dos primas eran aún más Grierson de lo que lo había sido nunca la señorita Emily.

Así que nos sorprendió cuando Homer Barron –las calles ya estaban acabadas hacía tiempo– desapareció. Nos decepcionó un poco que no hubiera una revelación pública, pero creímos que se había ido a preparar para la llegada de la señorita Emily, o para darle una oportunidad de quitarse de encima a las primas. (Para entonces, ya había una conspiración secreta y todos éramos aliados de la señorita Emily, ayudándola a dejar burladas a las primas.) Por supuesto, al cabo de otra semana se marcharon. Y, como habíamos esperado todo ese tiempo, al cabo de tres días Homer Barron volvía al pueblo. Un vecino vio que el negro le dejaba entrar por la puerta de la cocina después de oscurecer. Y eso fue lo último que vimos de Homer Barron. Y de la señorita Emily durante algún tiempo. El negro entraba y salía con la bolsa de la compra, pero la puerta de delante permanecía cerrada. De vez en cuando la veíamos en una ventana un momento, como los hombres aquella noche cuando esparcieron cal viva, pero durante casi seis meses no apareció en la calle. Luego supimos que eso también era de esperar; como si esa cualidad de su padre, que había echado a perder su vida de mujer tantas veces, fuera demasiado virulenta y furiosa para morir.

Cuando volvimos a ver a la señorita Emily, había engordado y el pelo se le volvía gris. Durante los siguientes años se le puso cada vez más gris, hasta que al dejar de cambiar, alcanzó un gris hierro de mezclilla. Hasta el día de su muerte, a los setenta y cuatro años, siguió teniendo ese vigoroso gris hierro, como el pelo de un hombre activo.

Desde entonces, la puerta de delante permaneció cerrada, salvo durante un período de seis o siete años, cuando tenía unos cuarenta años, en que dio lecciones de pintar porcelana. Arregló un estudio en uno de los cuartos de abajo, adonde se envió a las hijas y nietas de las coetáneas del Coronel Sartoris con la misma regularidad y el mismo espíritu con que se les mandaba a la iglesia el domingo con una moneda de veinticinco centavos para la bandeja de la colecta. Mientras tanto, se la había dispensado de impuestos.

Entonces la nueva generación se convirtió en la columna vertebral y el espíritu del pueblo, y las alumnas de las clases de pintura crecieron y desaparecieron de en medio y ya no le mandaron a sus hijas con cajas de colores y aburridos pinceles y recortes de las revistas de señoras. La puerta de delante se cerró tras la última y quedó cerrada para siempre. Cuando el pueblo obtuvo reparto postal gratuito, la señorita Emily se negó a dejarles fijar los números de metal sobre la puerta y ponerle un buzón. No quiso ni escucharles.

Cada día, cada mes, cada año observábamos al negro ponerse más canoso y encorvado, entrando y saliendo con la bolsa de la compra. Cada diciembre, le enviábamos un aviso de impuestos, que la oficina de correos devolvía una semana después, sin ser recogido. De vez en cuando la veíamos en una de las ventanas de abajo –evidentemente había cerrado el piso de arriba de la casa– como el torso tallado de un ídolo en un nicho, mirándonos o no mirándonos, sin que supiéramos nunca qué. Así pasó de generación en generación –querida, ineludible, impertérrita, tranquila y perversa.

Y así murió. Cayó enferma en la casa llena de polvo y sombra, con sólo un negro chocheante para cuidarla. No supimos siquiera que estaba enferma; habíamos renunciado hacía mucho a intentar obtener información por el negro. Él no hablaba con nadie, probablemente ni siquiera con ella, pues la voz se le había vuelto áspera y oxidada, como por el desuso.

V

El negro recibió a las primeras señoras en la puerta de delante y las hizo entrar, con sus voces silbantes y en sordina y sus rápidas ojeadas curiosas, y luego desapareció. Se marchó derecho a través de la casa y salió por atrás y no se le volvió a ver.

Las dos primas vinieron en seguida. Hicieron el entierro el segundo día, con el pueblo viniendo a mirar a la señorita Emily bajo una masa de flores compradas, con la cara de su padre dibujada a lápiz cavilando profundamente sobre el ataúd, y las señoras sibilantes y macabras; y los hombres muy viejos –algunos con sus cepillados uniformes de la Confederación– en el porche y en el césped, hablando de la señorita Emily como si hubiera sido coetánea de ellos, creyendo que habían bailado con ella y quizá le habían hecho la corte, confundiendo el tiempo con su progresión matemática, como hacen los viejos, para quienes todo el pasado no es un camino que disminuye sino, al contrario, una ancha pradera no tocada jamás por ningún invierno, separada de ellos ahora por el estrecho cuello de botella de la más reciente década de años.

Ya sabíamos que había un cuarto en aquella región escaleras arriba que nadie había visto en cuarenta años, y que habría que forzar. Esperaron hasta que la señorita Emily estuviera decentemente en tierra para abrirlo.

La violencia del derrumbamiento de la puerta pareció llenar ese cuarto con un polvo invasor. Una delgada capa acre como de la tumba parecía cubrirlo todo en ese cuarto decorado y amueblado como para una boda: las cortinas de encaje, de desteñido rosa, las luces con pantallas rosa, la mesa del tocador, la delicada batería de cristal y de objetos de aseo de hombre, con revestimiento de manchada plata, tan manchada que el monograma quedaba oscurecido. Entre ellos había un cuello y una corbata, como recién quitados, y que, a levantarse, dejaron en la superficie una pálida luna de polvo. En una silla colgaba el traje, cuidadosamente doblado; bajo él los dos zapatos mudos y los calcetines dejados caer.

El hombre mismo estaba tendido en la cama.

Durante un rato nos quedamos allí, simplemente, mirando la profunda sonrisa sin carne. El cuerpo al parecer había yacido en otro tiempo en la postura de un abrazo, pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence incluso la mueca del amor, le había puesto los cuernos.

Lo que quedaba de él, podrido bajo lo que quedaba del camisón, se había vuelto inseparable de la cama en que yacía; y sobre él y sobre la almohada de al lado de él se extendía ese liso revestimiento del paciente polvo en espera.

Entonces nos dimos cuenta de que en la segunda almohada había el hueco de una cabeza. Uno de nosotros levantó algo de ella, y, al inclinarnos adelante, sintiendo en las narices, seco y acre, ese sutil e invisible polvo, vimos un largo mechón de pelo gris hierro.

 

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