Cuentos

Escalcol1

El verdugo ilustrado

Rubén Ariel Urquiza

Durante el siglo diecisiete y comienzos del siglo dieciocho comenzó a difundirse, en las regiones del Cáucaso, la creencia acerca de la existencia de un manuscrito que indefectiblemente causaba la muerte a quienes, por ignorancia u osadía, se dedicaban a leerlo.

Ese manuscrito, de haber existido, no llegó a nuestros días, pero sí han permanecido varias controversias en cuanto a su naturaleza. Es prácticamente unánime la opinión de que fue escrito en alguna lengua eslava. Pero aquellos que han hurgado en la misteriosa historia que rodeó a su secreta ejecución, o en caso de haber sido una fábula, no menos atrayente propagación de la leyenda, divergen en cuanto a la calidad y objeto de la obra fatal. También en lo referente a su autor hay diversas posiciones que esgrimen las partes. Hay quienes afirman que el manuscrito era una especie de tratado metafísico, y que por contener la verdad absoluta, o al menos una importante dosis de ella, provocaba la muerte al lector por aquello de que quien más se acerca a la muerte, más se acerca a la verdad. En este caso, la máxima obraba por simetría.

La idea de la Verdad como instrumento exterminador de la mente, y por lo tanto del hombre, es tan vieja como la filosofía. En una recordada cena de matemáticos y físicos en la ciudad de Leipniz, allá por mediados del siglo diecisiete, el matemático y filólogo Wilhelm Kling (cuya obra fundamental, dicen los expertos, quedó inconclusa y nadie pudo escudriñar con éxito sus misterios) sufrió un súbito espasmo. En medio del silencio que produjo el infortunio entre sus colegas, Wilhelm se justificó balbuceando: “De pronto lo he comprendido todo.” Ante la pregunta generalizada de qué quería decir con todo, se limitó a repetir, mientras permanecía tieso y con los ojos colgados en la nada: “Todo, todo, simplemente lo veo todo como es, no hay secretos en este instante para mi mente; era todo tan…” En ese momento su cabeza se desplomó sobre el plato y sus amigos comprobaron que esas habían sido sus últimas palabras. Aunque el hecho era sorprendente, nadie tuvo dudas esa noche durante la cena abortada, de lo que realmente le había sucedido al buen Wilhelm: la Verdad se había apoderado de él y un instante fue suficiente para liquidarlo.

La versión que define al manuscrito asesino como una obra iluminada ha sido hasta ahora, según me cuentan, la que más adeptos ha conseguido a lo largo de estos siglos. Vale aclarar que no sólo se desconoce a alguien que haya podido leer el manuscrito entero y sobrevivir para contarlo, sino que muchos murieron tras leer algunas pocas páginas. Por otra parte, quienes quisieron evadir el maleficio leyendo el manuscrito en forma no lineal, fueron de igual modo presas de la muerte, que los esperaba agazapada en alguna de las páginas.

Por lo que se ha podido averiguar, la página fatal no existía como tal, sino que variaba según la víctima. Esto se pudo comprobar cuando una orden gnóstica decidió abordar la obra encargando a diez súbditos la lectura de una décima parte del total. Si bien en el primer intento algunos de ellos perecieron, luego otros retomaron su temeraria tarea, y así al fin se pudo lograr leer todo el contenido y demostrar que sólo era irremediablemente mortal si se intentaba leerlo en su totalidad, pero que ninguna de sus partes era universalmente mortal como sí lo era la obra completa.

Muchos se preguntarán cómo es que sobrevivieron tantos detalles sobre el manuscrito y ninguno de ellos echa luz sobre su contenido. Pues bien, la explicación más atendible y exigua dice que la lectura estuvo vedada a quienes no pertenecieran a la privilegiada (o condenada) secta hermética que celosamente guardaba el manuscrito. Los primeros lectores, a su vez, aunque se desconoce su identidad, seguramente fueron tomados por sorpresa y sin ningún tipo de recaudo. Así fue pasando de una mano a otra (o de lo que fuera poco antes un hombre a lo que sería pronto un cadáver), hasta que el número de víctimas fue tal, que la fama del verdugo escrito se expandió por toda la zona y los gnósticos se apoderaron de la obra que por lo demás, nadie quería tener a su alcance. El solo hecho de imaginar la posibilidad de que el manuscrito llegara a una imprenta, y sus posteriores consecuencias, hizo que se mantuviera a la obra en posesión de unos pocos.

Se sabe también que las palabras del manuscrito no eran mágicas por sí mismas, a modo de poder extraer de ellas una cábala pagana. Los diez súbditos de la orden que tuvieron a su cargo la lectura del manuscrito eran versados en varios idiomas y se encargaron de traducirlo. El resultado, se dice, fue igualmente letal en latín, griego, alemán, francés, ruso y hebreo. No así en albanés y en húngaro, pero luego se comprobó que un par de los improvisados traductores no lograron cumplir la traducción con suficiente eficiencia en esos idiomas como para que la muerte fuera la consecuencia inevitable.

Se puede deducir de lo dicho que, para tales comprobaciones de carácter experimental, debieron sacrificarse muchas vidas. Varios incautos y desprevenidos sirvieron para corroborar el poder devastador de aquellas palabras, o más bien de su significado.

Desgraciadamente para quienes hoy añoramos alguna prueba de tamaño trabajo, la apócrifa orden y sus innumerables traducciones, junto al original, habrían ardido en el fuego provocado por los temerosos vecinos, quienes no podían vivir tranquilos sabiendo que un libro endemoniado estaba en poder de aquellos que habían hecho un pacto con el diablo.

Debido a que la leyenda ha proliferado en diversas versiones que narran la existencia del manuscrito bajo diferentes circunstancias, muchos son los que descreen de la historia de los gnósticos y de la famosa Verdad encerrada en las páginas letales. La refutación más común es la que reivindica a la Biblia como el texto que contiene la Verdad absoluta, y que sin embargo no ha matado a nadie, al menos no de manera tan directa.

Entre las tantas versiones que intentan definir la naturaleza del libro en cuestión, quizás la más irrisoria es también la más sensata. Como no hay ningún testimonio fehaciente que precise la magnitud de la obra, algunos argumentan que se trataría de una obra tan extensa, que quienes intentaron leerla en toda su extensión murieron por causas externas a la lectura, ya que una vida no alcanzaría para agotarla. Defender esta posición es entender que el manuscrito fue obra de varios coautores. Sin embargo, esta teoría no deja de ser insólita, y sobre todo, poco atractiva.

Pero la versión que más me ha convencido es aquella que parece apoyarse en el relato más concreto y contundente. Supongo que no son muchos los que dan crédito a esta posibilidad porque resulta realmente difícil de creer y hasta de imaginar; pero en mi carácter de escritor me cautivó y la considero sumamente llamativa y, diría también, paradigmática. Se cuenta que un famoso embaucador que vivía en un pueblo a orillas del mar Caspio fue atrapado y, tras un breve juicio, condenado a vivir prisionero hasta el fin de sus días. Este hombre, que siempre se había sentido atraído por la lectura, pidió como única concesión que encerraran con él algunos volúmenes que eran de su interés. Quizás no contaba con extraordinarias habilidades para la escritura, quizás sí y lo descubrió secretamente en prisión. Lo cierto es que fuera de un modo u otro, dedicó tantas horas y con tanto ahínco a la lectura y a la escritura, que pudo materializar así su soñada venganza: un relato que seguramente, tras su muerte, sería leído por sus principales enemigos, quienes creerían encontrar en el manuscrito los lamentos que harían sus delicias; en cambio, encontraron una muerte inimaginable, producto de una mente genial.

Aparentemente este hombre, cuyo nombre desconocemos y que la tradición llama paradójicamente “el bárbaro”, habría adiestrado su inigualable prosa mediante la confección de otras obras menores. Una habría consistido en un breve panfleto que conllevaba al lector irremediablemente al orgasmo. Así habría ganado el favor del carcelero, quien se ocupó -según la leyenda- de que nunca le faltara nada al bárbaro para cumplir con su solitario cometido (sobre todo, la suficiente comida como para poder pensar en otra cosa). Otro de sus manuscritos habría provocado el sueño inmediato, y otro la pérdida temporal de la memoria. Pero el fenómeno escritor no descansó hasta ver plasmada su obra cumbre: el libro que podía matar. Y una vez terminado descansó, porque él fue su primera víctima.

 

 

 

Deja un comentario

Your email address will not be published.