Dalia

Escalcol1

Dalia.

  Felix J. Palma

La llamó Dalia sin saber muy bien por qué. Tal vez porque le sonaba a
nombre de flor exótica y misteriosa y aquella chica representaba esos dos
adjetivos con la mayor fidelidad; lo cierto es que sus labios necesitaban
desesperadamente un nombre al que agarrarse y la imagen de aquella
muchacha, por esas caprichosas asociaciones del subconsciente, hizo surgir
en su mente aquel nombre y no otro. Dalia, sí, y que confort daba
pronunciarlo, cómo le llenaba la boca, redondeado y líquido, aquel nombre
que se prestaba por igual al lamento o la devoción. Dalia, exótica y
misteriosa, ¿y cuantas cosas había encontrado él en su vida merecedoras de
esos dos adjetivos capaces de dislocar la más tranquila de las
existencias?
Nada más verla supo que Dalia pertenecía a esa clase de chicas que se aman
sin esfuerzo. Se encontraba sentada en mitad de la playa desierta, los
brazos en torno a las rodillas flexionadas, en una candorosa postura de
niña a la que su esbelto cuerpo de muchacha prestaba un aire turbador,
sonriéndole por encima del hombro mientras a su espalda el sol se disolvía
en las aguas como una bolsita de té. Tenía un rostro acogedor, aureolado
por una melena negra y encrespada, desflecada por la brisa y medio
humedecida por una zambullida reciente. Sus ojos eran del color de la miel
y brillaban con ese lustre casi fanático que otorga la inocencia, ese
exceso de luz tan inencontrable en su mundo de penumbras. La arena le
harinaba el dorso de los muslos y parte de los brazos, como marcas de tiza
para sus dedos. Eran amantes o iban a serlo. Imaginó una conversación
breve y cómplice, hecha de silencio. Imaginó sus dedos hundiéndose en la
noche frondosa de su cabello sin el apremio de los relojes. Imaginó que al
fin sería él contra aquel cuerpo de espliego, que se reconocería en la
franqueza del mar, las caricias y la tarde.
Y es que no costaba demasiado abandonarse a aquella confabulación tan
estudiada: la playa paradisíaca y la chica voluptuosa, elegida
probablemente entre muchas por su mirada, a un tiempo rebelde y servicial,
y creer realmente que existía un lugar así en alguna parte, una playa de
arenas memorables donde los pies se estremecían de lujuria, un mar zafiro
y elástico sobre cuya superficie se desmadejaba la tarde y una muchacha
adorable con quien compartirlo, porque uno siempre siente en el fondo que
esto no puede ser todo y necesita una alternativa en la que fijar la
esperanza y los sueños. Y deseó ser él el objeto de su espera, el blanco
de aquella sonrisa ofrecida a todos, ser únicamente él quién irrumpiera en
la intimidad de aquel atardecer inexpugnable caminando resueltamente por
la arena, ingresando enamorado en aquella estampa publicitaria que ahora
iluminaba, desde el otro lado, el resplandor feroz de las luces de su
coche.
Había oido decir que en estos momentos era cuando todo encajaba, cuando
uno entendía, pero por mucho que lo intentó no supo encontrar ninguna
conexión entre los diversos episodios de su vida y un final como aquel.
Constató tan solo la futilidad del vivir: ahora sabía que todas sus
ilusiones, sus escasos aciertos y sus muchos errores, una infancia de sol,
los negligentes días de su juventud, un puesto en una oficina odiosa, un
matrimonio fracasado que sólo le había dado un hijo díscolo y una soledad
que ya ni siquiera dolía, le habían ido allanando el camino hacia esta
noche lluviosa y resbaladiza y la cabriola de metal y velocidad que había
acabado por empotrarle en aquel tramo de cuneta, componiendo una grotesca
reverencia de hierro y gasolina ante el anuncio de unas playas lejanas
cuyo nombre no alcanzaba a leer, ante la mirada de una muchacha
hermosísima e inaccesible que por alguna razón perdida en los pliegues del
destino había ido a incurrir a su accidente, a sonreírle mientras moría.
Hubiera sido bonito haber podido amarla por un tiempo, pensó mientras
susurraba su nombre contra la oscuridad que le ganaba, que la realidad,
llevada por el tedio o la experimentación, hubiese permitido la colisión
de sus vidas, tan antagónicas y remotas, y poder irse acunado por un
revuelo de maletas y viajes, de besos locos y caricias entusiastas, con el
corazón dado de sí y el alma toda leída. Agradecía al menos que el destino
le hubiera cedido aquel hermoso rostro, evitándole tener que rebuscar
entre los trastos viejos de su memoria y desempolvar el de su exmujer o el
de Remedios, aquella compañera de oficina con la que tácitamente se reunía
bajo las sábanas sin que ninguno de los dos supieran realmente porqué,
sólo que a veces la noche pesaba demasiado para sostenerla uno sólo.
Agradecía no morir a solas o ante un cartel de frigoríficos o gaseosa y
poder apurar su aliento con un Dalia, Dalia, Dalia que dignificara su
existencia, porque si bien sus días habían sido una colección de desatinos
y mediocridad, la muerte no tenía por qué saberlo.
Nunca en su vida había protestado por nada porque nada le había parecido
lo suficientemente injusto para protestar, y era ahora, cuando un par de
manos fornidas le liberaban del cepo escarolado al que había quedado
reducido su vehículo, acomodando su cuerpo roto en una camilla,
apartándole de la luz de aquellos ojos de manera que la oscuridad le
sobrevino con una voracidad despiadada, cuando realmente quiso quejarse y
descubrió que no tenía con qué hacerlo, que a la habitual resignación de
su espíritu se añadía ahora la irrebatible dimisión de la carne. Se dejó
llevar sin embargo por la ambulancia y la muerte con la flor de una
sonrisa prendida al ojal de los labios, pues en la nada incolora e
insensible que le envolvía había brotado de repente una sensación, una
impresión que trepó desde sus pies y de inmediato reconoció como el roce
sensual de la arena, la arena de un paraíso remoto cuyo nombre no había
alcanzado a leer.

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