¡Vampiros!

Escalcol1

¡VAMPIROS!

Juan Marino

 Cuando  el  potente  aullido  de  la  tormenta  subrayaba  la  endemoniada  sinfonía  del  viento  entre  los desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega casa,  ubicada  a  unos  cien  metros  de  la  carretera,  flanqueada  por  los  mismos  raquíticos  árboles  de  la sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos

que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la música de los elementos de la noche.

Al  terminar  de  abrirse,  en  el  umbral  apareció  un  hombre  de  elevada  estatura,  delgado,  de  faz cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por

el  soplo  de  Eolos.  El  único  ojo  del  hombre,  pues  era  tuerto,  se  posó  en  los  jóvenes,  inquisitiva  y malignamente.

—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.

El ojo del hombre chispeó al contestar:

—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.

Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.

—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron

que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a subir  hacia  la  oscuridad  de  arriba,  a  ella  le  pareció  que  los  movimientos  del  posadero  tenían  algo  de automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo. Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.

—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.

Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron despavoridas a la luz del candelabro.

—Gracias, señor…, señor…

—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por

el momento, pero dado lo avanzado de la hora…

—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.

El  hombre  inició  un  movimiento  como  para  retirarse  pero,  lanzando  una  mirada  de  soslayo  a  la muchacha, preguntó:

—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?

—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.

—Justo frente al cementerio —subrayó ella.

—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el camino principal, es mucho más seguro.

—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.

—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!

—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.

—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso… — suspiró el gigante.

—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio

de «Mortise».

El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.

—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí…, pero una vez construida  la  nueva  carretera,  todo  esto  murió,  la  leyenda,  la  posada,  todo…,  ¡como  mueren  todas  las cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.

—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.

—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y… dejan algo. —El posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero privarlos del descanso que necesitan.

—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.

—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?

—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.

—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.

—¿Fotografiarlos?  ¿Creen  que  aquí  existen  en  verdad  tales  mamíferos?  —Thrope  los  miró  con suspicacia.

—¡En mi niñez oí que…!

—Bien,  bien,  bien.  ¿Saben?  Lo  que  ustedes  podrán  fotografiar  aquí  serán,  a  lo  sumo,  un  par  de inofensivos  murciélagos,  de  los  que  abundan  en  esta  casa,  pero…  ¡vampiros…  —el  posadero  sonrió malignamente— eso es otra cosa!

—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.

—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.

—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.

—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor que un paquete de cigarrillos.

—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido… Es mejor que no se aventuren

por ahí. Buenas noches, señores.

Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos…

—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?

—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros

de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?

Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:

—¿Visitaremos el caserón?

—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida. La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:

—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue, como nosotros.

—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.

—¿Le tenderemos una trampa?

Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.

Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.

—Hay  actividad  en  el  tercer  piso,  querida.  Ni  siquiera  han  de  esperar  que  nos  durmamos  para atacarnos.

—¿Quién subirá y a qué?

—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.

—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las velas.

—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.

Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía sobre un asqueroso jergón.

—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!

Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto

mil veces más repugnante que el de  Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura; como  a  su  padre,  le  había  privado  del  ojo  derecho,  dejando  en  su  lugar  algo  semejante  a  una  llaga purulenta.  La  boca  torcida  descubría  largos  y  desiguales  dientes;  la  frente  estrecha  y  casi  totalmente cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de

tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba

con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a otro para despabilarse del todo…

—¡Arriba,  Tom!   —azuzaba   su   padre—.   ¡Despierta,   despierta!   —Algunos   gruñidos   apagados respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la sangre, luego los arrojas al pozo.

Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.

—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta aquí. ¿Me has comprendido, Tom?

El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.

—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más aún,  quieren  fotografiarlos.  Se  burlan  de  la  leyenda.  Pero  nosotros  les  haremos  ver  la  realidad.  ¡Los vampiros de  Northrute  o  de  «Mortise»,  como  ellos  quieran,  existen,   Tom!  ¡Vamos,  vamos!  ¡Arriba!

¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.

 

Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no hacer  crujir  las  tablas  del  piso.  Fue  cuando  llegaba  al  descanso  para  iniciar  el  descenso  que,  algo proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso aleteo. Thrope lanzó un juramento:

—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.

Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer, lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con más  agilidad  que  la  que  pudiera  suponérsele,  dada  su  deficiencia  física,  Thrope  entró  en  el  cuarto; justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo que  apoyarse  en  la  pared  para  no  caer;  el  corazón  le  palpitaba  furiosamente.  Cuando  se  rehizo  de  la impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror, tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano…

—¡Ma… Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!

Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y levantándose,  corrió  hacia  la  habitación  de  los  huéspedes,  mientras  balbuceaba  palabras  incoherentes, producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:

 

—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa! Dentro de la habitación, ella dijo:

—Es el señor Thrope.

—El  vampiro  parece  aterrorizado.  Me  pregunto,  ¿formará  parte  esto,  de  su  procedimiento  para atraparnos?

La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.

—Señor Thrope.

—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.

—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.

—Mi esposa ha sido atacada por… por los vampiros. Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.

 

—¿Vampiros? Yo pensaba que…

—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella… ha sido atacada y muerta!

—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.

—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a

Maggie.

Los dos jóvenes se miraron.

—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.

—Así lo haré. Descuida.

—Vamos, señor Thrope.

Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:

—No hay nada que hacer, Thrope.

—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.

—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió

por  la  impresión  que  le  causó  algo  horrible.  Observe  usted  su  mirada.  Conserva  aún  la  expresión horrorizada que…

—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—. También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.

El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego levantó la cabeza y lanzó su pregunta:

—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?

El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.

—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom…!

—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo…

Los  labios  del  posadero  temblaron  convulsivamente  y  dio  un  paso  atrás  como  si  en  el  periodista estuviese viendo a uno de los vampiros.

—¿Có… cómo lo… lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que…?

Y  como  si  aquello  fuese  el  santo  y  seña  del  horror,  un  grito  desgarrador,  proveniente  de  lo  más profundo de la casa, estremeció sus cimientos.

—¡Toooooommm!

Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz, dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó

dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su macilenta  luz  en  torno  y  en  medio  de  la  estancia,  junto  a  una   puerta-trampa  abierta,  yacía  caído  el monstruoso  hijo  de  Thrope.  Por  segunda  vez  el  posadero  sintió  que  el  valor  lo  abandonaba;  como fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.

Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y… ¡los vio! Eran dos vampiros negros, enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.

Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría

por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de…

Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó, luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo. Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.

Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:

—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.

—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya

en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!

Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento, entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al pequeño cementerio de «La Mortaja».

Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los vampiros descansarían hasta el crepúsculo.

 

 

 

F I N

 

 

Título Original: ¡Vampiros! © 1973.

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